La Agenda de Gran Canaria










   

El amigo inmortal

Dondequiera que miro, descubro Tu presencia;

Pleno estoy de la gloria de Tu magnificencia,

Y ardo en el fuego sacro de Tu felicidad.

Yo lloro por aquellos

Que jamás te contemplan,

Por los que nada sienten

De Tu gloriosa Paz.

¿En cuál humana forma

Pudiera demostrarles

Tu inmarcesible gloria?

Yo me senté a soñar en un albergue

De imponente quietud.

Estaba la mañana somnolienta

Y tranquila;

De pie, frente a los cielos,

Los montes, en azul,

Impasibles, serenos.

En redor de la casa de madera,

Idos pájaros en negro y amarillo

Saludaban al sol de primavera.

Me senté sobre el suelo

Con las piernas cruzadas

Meditando;

Y me olvidé de los montes azules,

De los pájaros,

Del silencio imponente

Y del dorado sol naciente.

Perdí la sensación de todo el cuerpo,

Y mis miembros inmóviles

Reposaban en paz de gracia llenos.

Un júbilo profundo, inmensurable,

Llenó mi corazón.

Y mi mente,

Anhelosa e impaciente

En la concentración,

Perdía, insensible, el mundo de lo irreal.

Yo estaba rebosante de poder inmortal.

Como la fresca brisa de levante

Que de súbito surge a la existencia

Y embalsama el ambiente circundante,

Allí, frente por frente,

Sentado a lo oriental,

En la forma que el mundo Le conoce,

Con Su amarilla túnica habitual,

Sencillo y majestuoso,

Así estaba el Maestro de Maestros.

Fija Su vista en mí,

Y sin un gesto,

Tomó asiento el Poderoso Ser.

Yo le miré y, fervorosamente,

La cabeza incliné

A Su presencia,

Mi cuerpo hizo una curva hacia adelante

En grácil reverencia.

Aquella única mirada

Mostró el avance del mundo hacia el progreso,

Y la inmensa distancia

Que se pierde a lo lejos,

Entre el mundo de sombras y congojas

Y el más grande de todos sus Maestros.

¡Cuán poco el mundo comprendió Su vida,

Y tanto como ha dado!

¡Cuán jubilosamente,

Libertado,

Él remontó Su vuelo

Escapando, por fin, de la tiránica

Rueda intrincada de muerte y nacimiento!

Una vez ya iluminado,

Como el jardín da su aroma,

Él dio al mundo la Verdad.

Mientras yo, reverente, contemplaba

Los pies benditos que hollaron en un tiempo

De la India la tierra afortunada,

Mi corazón de santo amor henchido,

En un caudal de devoción inmensa

Desbordóse indomable e irreprimido.

Y se fundió mi ser en esa dicha.

Mi mente comprendió de esta manera

Extraordinaria y fácil,

La Verdad que tan ansiosamente

Él alcanzó en sin igual combate.

Y se fundió mi ser en esa dicha.

Mi alma comprendió la infinita sencillez

De la Verdad.

Y se fundió mi ser en esa dicha.

Tú eres la Verdad,

Tú eres la Ley,

Tú eres el Refugio,

Tú eres el Guía,

El Compañero y el Amado.

Tú has embriagado mi corazón,

Tú has conquistado mi alma,

En Ti encontré mi consuelo,

En Ti mi Verdad establecí.

Por donde caminaste,

Sigo yo al margen de Tus huellas.

Donde Tú padeciste y conquistaste,

Atesoro yo fuerzas.

Donde Tú renunciaste,

Yo me ensancho

Sereno, inmensurable.

Eterno cual las estrellas

Que pueblan el firmamento,

He llegado a ser al cabo

Del goce y el sufrimiento.

Feliz por siempre es aquél

Que Te comprende y Te ama

Con pleno conocimiento.

Como el mar, insondable,

Así es mi amor, infinito.

He alcanzado la Verdad,

Y una divina quietud

Alienta a crecer mi espíritu.

Mas, ayer, ansié alejarme

Del mundo de sufrimiento

Hacia un apartado sitio

De una montaña en silencio.

Manumiso,

Desligado

De toda cosa

En busca de Ti, oh Amado,

Y ahora Te apareces dentro

De mí mismo, Iluminado.

Te llevo en mi corazón.

No importa adonde mire,

Te contemplo, Feliz, tranquilo, sereno,

Llenando mi mundo

La expresión de la Verdad.

Mi corazón está henchido de poder.

Mi mente está concentrada.

Yo estoy pleno de Ti.

Como la brisa de levante

Que de súbito surge a la existencia

Y embalsama la tierra circundante,

Así me realicé.