La Agenda de Gran Canaria










   

Los sabios de la tunica ciruela

En aquellos tiempos vivía en China un grupo de monjes conocidos con el nombre de Sabios de la Túnica color Ciruela. Convertirse en un Sabio de la Túnica color Ciruela exigía una gran disciplina. Para los aspirantes el camino era difícil y duro, los días ingratos y las noches largas.

El monasterio de los Sabios de la Túnica color Ciruela estaba en las montañas, al noroes­te de Lo-Yang, la capital de entonces, muchos siglos antes de nuestra Era.

Los sabios, que eran treinta y tres, el mismo número de las energías de la Tierra , caminaban recorriendo China desde un solsticio de invierno hasta el siguiente. Dondequiera que se detuvie­sen al azar de su camino se les acogía con respeto y alegría; la llegada de un sabio repre­sentaba buena suerte para un pueblo. Todos los habitantes interrumpían sus actividades para re­unirse a su alrededor en el pozo central.

El sabio tomaba asiento en el brocal del pozo y, según las circunstancias, impartía enseñanza o hacía que le contasen las dificultades del mo­mento. Si alguien decía: «El año ha sido duro, la cosecha de arroz mala», el sabio no respondía nada, pero su modo de escuchar era de tal calidad que aportaba esperanza y consuelo.

Uno de esos sabios recorría hacía años el país. Un día se detuvo en el pueblo de Ling Ding. Después de algunas preguntas relativas al emperador, al tifón que había asolado las costas, al hambre del Sur, alguien le preguntó: «¿Qué significa este pueblo? ¿Por qué estamos aquí y no en otro sitio?»

El sabio paseó la mirada lentamente sobre los reunidos y dijo: «Aunque no lo sepa, cada indivi­duo se encuentra limitado por el nacimiento, por la educación o por su propia satisfacción. Cada uno de vosotros está limitado de una forma u otra». Sorprendida, la gente intercambiaba miradas entre sí. Incluso se oyeron algunos murmullos. Finalmente, un hombre se adelantó hacia el sa­bio y afirmó: «Yo no me considero limitado. Tengo todo lo que quiero».

Entonces el sabio sonrió. «La limitación se encuentra a veces incluso en el hecho de no sentirse limitado».

Entre la gente del pueblo había un joven que se llamaba Chao Mu. Tenía veintidós años y nunca había abandonado el lugar de su naci­miento. Desde la más tierna infancia ayudaba a su padre a cultivar arroz. Le habían prometido a los seis años y, para crear una familia, igual como su padre y su abuelo antes que él, había roturado un campo, piedra tras piedra, lo había regado y sembrado. También había construido una casa durante los días de lluvia en que no podía salir a trabajar. La fecha de su boda se acercaba.

Ver al sabio despertaba en él nostalgia y le invadía una sensación de profunda soledad. Hacía un tiempo que numerosas preguntas se planteaban en su ánimo, pero las guardaba para sí: «¿No existe más que esta vida?... Esta vida que dedico a plantar y cosechar, y luego volver a casa a dormir hasta la mañana siguiente y volver a empezar...»

Por fin encontraba a uno de esos seres que son capaces de aliviar el sufrimiento, de ayudar a un hombre a superar sus problemas.

Por fin encontraba a un ser que podría res­ponder a sus preguntas.

Como el sabio ya se disponía a partir, no se contuvo y le preguntó:

-¿Puedo acompañarte? Quisiera que me en­señases la vida.

A su alrededor, los campesinos callaron, y cada uno de ellos se preguntaba: «¿Qué ocurrirá con su prometida, con su campo, con su casa? Ha trabajado tanto y tan duramente con sus propias manos...»

El sabio, que adivinaba sin dificultad todos esos pensamientos, le preguntó:

-¿Estás seguro de ti mismo?

-Sí -respondió el joven.

-Entonces, vamos.

Con estas palabras, los dos se pusieron en camino. Chao Mu sólo se volvió una vez para decir:

-La casa y el campo pertenecen ahora a la que fue mi prometida.

El sabio y el joven caminaron durante un buen rato en silencio. Al pasar bajo un membri­llo, el sabio tomó un fruto, encendió fuego para cocerlo y se lo tendió a su compañero.

-No me gustan los membrillos -declaró Chao Mu.

-Limitación -replicó el sabio. Reemprendieron la marcha y Chao Mu vio un ciruelo en un prado.

-¡Oh, qué hermosas frutas! ¡Me encantan las ciruelas! -exclamó con alegría.

El sabio dijo otra vez: -Limitación.

Y sin añadir nada más, prosiguió tranquila­mente su camino.

Unas horas más tarde llegaron a la orilla de un río al que daban sombra unos árboles de troncos sinuosos. El agua se deslizaba apaciblemente y unos cisnes nadaban siguiendo la corriente.

-¡Oh, qué belleza!, ¿verdad? -exclamó Chao Mu. Una vez más, el sabio respondió:

-Limitación.

Cruzaron el río y entonces vieron, de repen­te, en la ribera, el cuerpo de un hombre al que habían apaleado y desvalijado.

-¡Es horrible! -murmuró el joven.

Y una vez más el sabio replicó tranquilamente:

-Limitación.

Mientras caminaba, Chao Mu iba pensando. Cualesquiera que fuesen sus palabras, el sabio respondía invariablemente: «Limitación». ¿Qué te­nía que decir para conseguir otra respuesta?

En ese momento pasaban ante una granja. Los niños estaban jugando en el patio. Sentados en un banco, el padre y la madre les miraban. El joven se detuvo y contempló la escena con placer, percibiendo la sensación de alegre liber­tad que esa familia exhalaba, despertándola en él.

En ese mismo momento, el sabio exclamó:

-¡Eso es armonía!

Chao Mu se volvió hacia él. Estaba muy sor­prendido.

-Si yo no he dicho nada...

-Es verdad, pero en este momento vives la armonía -dijo el sabio.

 

El camino les llevó a continuación junto a un río. Había una roca en medio de la corriente y el agua se estrellaba contra ella con furia, y saltaba por el aire, pasando a la vez alrededor y por encima del obstáculo.

-Mira esa roca -le dijo el sabio a Chao Mu-. Es una imagen de la armonía. El agua intenta empujar a la piedra con violencia, la golpea con dureza y quiere apartarla. La piedra no contraataca, deja que el agua pase, por encima, por los lados, pero no se mueve. ¡Eso es armonía!

Chao Mu observó durante un buen rato la roca, con expresión abstraída...

Cuando ya caía la noche, el sabio eligió un lugar propicio para detenerse, recogió un poco de leña y el fuego brotó enseguida. El discípulo, que miraba lo que hacía, no comprendió cómo... El camino había sido largo y, poco después, Chao Mu, tendido en el suelo, volvía a ver los años en que había labrado su campo y construido su casa. En ese momento su único bien lo componían las ropas que llevaba y el cielo que tenía sobre la cabeza. Pero sonreía: había encontrado a un maestro, un hombre que le mostraba lo que nunca había. visto y que le enseñaba a considerar la vida de otra manera...

El frío de la mañana le despertó sobresaltado. El fuego se había apagado. Y... ¿dónde estaba el sabio? Ahí estaba su manto. Del río llegaba el ruido de unos chapuzones. Chao Mu metió la mano en el agua e inmediatamente su brazo empezó a entumecerse.

-¡Brrr, está demasiado fría! Esperaré a que salga el sol -exclamó.

-¡Limitación! -le gritó el sabio y, sin saber cómo, el discípulo se sintió lanzado al agua. Salió de ella helado, con la ropa chorreando. El sabio seguía nadando.

¿Quién me ha empujado?

-Tus limitaciones te han empujado.

Una vez reanimado el fuego, el joven, tem­blando de frío, pudo poner su ropa a secar, mientras el sabio le explicaba:

-No hay calor ni frío. Cuando dices «está caliente», te limitas; cuando dices «está frío», tam­bién te limitas.

-Pero en tal caso ya no se puede hablar, ya no se puede decir que hace calor o que hace frío -se quejó Chao Mu.

-Oh, si no tienes nada más que decir, más vale que te calles -replicó el sabio.

Chao Mu comprendió entonces que le que­daba mucho que aprender.

Echaron otra vez a andar, caminaron y cami­naron, y llegaron a otro pueblo. El sabio se sentó en el brocal del pozo según su costumbre. Chao Mu escuchaba atentamente sus palabras. Las personas eran otras, las situaciones distintas, pero las palabras seguían siendo las mismas, y el joven se acostumbró a encontrárselas de pue­blo en pueblo.

A veces, alguno se levantaba y solicitaba se­guir al sabio, apartándose de lo conocido para ir hacia la novedad. Éste recibía una enseñanza del maestro. Algunos le abandonaban ensegui­da, para ir solos más lejos o para volver a sus pueblos.

Pasó el verano y llegó el otoño. Cuatro discípu­los acompañaban entonces al sabio. Chao Mu em­pezaba a percibir mejor la vida en los elementos, en los animales y en todo lo que existía a su alrededor. Un día, dirigiéndose al sabio, le dijo:

-Quisiera saber de dónde vengo, conocer la energía que me anima. ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy? Y eso ¿vale la pena?

El sabio le sonrió con mucha dulzura.

- Todas las preguntas de tu corazón encuen­tran su respuesta. Ten paciencia .

A lo largo de los meses que siguieron, yendo de pueblo en pueblo, deteniéndose a orillas de los ríos o sentado bajo un árbol, Chao Mu aprendió mucho: acerca de su disciplina, de sus limitacio­nes, de su equilibrio o su desequilibrio. Se conocía mejor. Sin embargo, tenía la sensación de no estar aún más que al principio del camino.

Cuando llegó el equinoccio de otoño, los discípulos se agruparon alrededor de su maestro para celebrar ese especial momento del año. Hicieron juntos un fuego y el sabio, añadiendo leña, pronunció las siguientes palabras:

-Que el calor de este fuego se manifieste a través de nosotros a todos los que encontremos en nuestro camino. Que su luz se perciba a través de las tinieblas más espesas.

Al día siguiente el sabio se dirigió a un pueblo grande y se sentó en una piedra, al lado del pozo.

Un hombre se acercó para pedirle consejo.

-Oh, maestro, mi familia siempre está enferma y mi ganado no medra. Cada mañana despierto pen­sando en los problemas que el nuevo día me traerá.

Después de mirarle con atención, el sabio dijo:

-Para empezar, vas a quitarte este manto negro que llevas. Ahora, vamos a ver lo que ocurre en tu casa.

La casa que vieron estaba pintada de rojo y amarillo, y decorada con motivos negros.

Vuelve a pintar tu casa de blanco, con un poco de azul aquí y allá -le ordenó el sabio al campesino. Luego prosiguió su visita, pidiéndole a la mujer del campesino que cambiase también el color de su ropa, observando a los niños e indicando qué colores utilizar en cada dependencia de la casa. Para acabar, aún le dijo al hombre:

-Y ahora, empieza a vivir.

-Cuando estuvieron a cierta distancia de la casa, Chao Mu no pudo evitar el expresar su sorpresa:

-¿Por qué cambiar tantas cosas en la vida de este hombre? ¿Por qué no les has hablado más bien de la felicidad ni le has dedicado palabras sabias? ¿Por qué no le has enseñado a ver la belleza como a nosotros nos enseñaste?

-Porque ése no era el origen de sus dificul­tades ni del desequilibrio de su familia. El mun­do terrestre está compuesto por cosas positivas y negativas, por ácido y álcali. Cada color, cada prenda de vestir, es positivo o negativo -expli­có el sabio-. Por ejemplo, el rojo, el amarillo el naranja y el negro son colores negativos; el índigo, el azul, el violeta y el blanco son colores, positivos. El verde es neutro. La seda y la lana son positivas, el algodón es negativo. Los gatos son negativos, los perros positivos. El alimento es ácido o alcalino. Ocurre lo mismo con la música y con todas las cosas de este mundo. Es así como, buscando el equilibrio en su entorno, este hombre mejorará su vida.

 

El otoño avanzaba, el tiempo cambiaba y Chao Mu tenía tiempo libre para meditar en las palabras de su maestro. Le sorprendía la impor­tancia de la acidez o de la energía negativa en la vida humana.

El frío aumentaba de día en día y empezó a nevar. El grupito se dirigía hacia las montañas. El sabio había enseñado a sus discípulos cómo conservar el calor con la fuerza del pensamien­to, sin necesidad de muchas prendas de vestir.

Cada noche, reunidos alrededor del fuego, se aprovisionaban de calor para toda la noche.

Esa noche, en lugar de dormir como sus com­pañeros, Chao Mu observaba los ojos de un conejo en la nieve y los de un corzo que miraba el fuego, mientras revisaba mentalmente todo el saber que había recibido. Admiraba la blancura de la nieve. Ya no le sorprendía que siempre le hubiese gusta­do tanto... lo blanco es positivo y esa blancura le prestaba energía. El frío es positivo, el calor negati­vo... el sol es positivo, la luna negativa...

Vio entonces que el sabio se levantaba, car­gaba su hatillo a la espalda y se marchaba. Chao Mu le imitó y el maestro se llevó un dedo a los labios para recomendarle silencio. Los dos se alejaron. La nevada caía copiosa, borrando las huellas de sus pasos detrás de ellos.

Por la mañana llegaron a un valle, en cuyo fondo se alojaba un gran monasterio. Se veía llegar de todas partes Sabios del Manto color Ciruela, cada uno de ellos acompañado por un solo discípulo.

Cuando se encontraron al pie de las murallas, el sabio se volvió a Chao Mu y le dijo:

-¿Ves esta silla de bambú? Es la tuya. No te levantes bajo ningún pretexto hasta que venga a buscarte.

Y el sabio desapareció en el monasterio con los otros monjes. Era el día del solsticio de invierno.

Chao Mu observó a los treinta y dos discípu­los que estaban sentados en círculo con él, cada uno en una silla de bambú. Algunos parecían más experimentados que otros, como si hubie­sen pasado por momentos duros. Esa noche, una gran luminosidad bañó el monasterio y los discípulos oyeron cantar a los sabios celebrando el solsticio de invierno, el nacimiento del sol. Chao Mu esperaba que su maestro fuese a bus­carle por la mañana. Pero no pasó nada. Esperó todo el día, y luego llegó la noche y hubo gran agitación entre los discípulos.

Chao Mu sintió hambre y recordó que llevaba una galleta de arroz en el bolsillo. Comió un boca­do y chupó un poco de nieve para aplacar la sed.

De repente, un discípulo se levantó y se dirigió hacia los matorrales en busca de algo que comer. Misteriosamente, su silla desapare­ció; cuando regresó, ya no había lugar para él. Miró por todas partes, desesperado, y acabó comprendiendo que tenía que marcharse.

Pasaron los días, se convirtieron en semanas. Poco a poco, las sillas iban desapareciendo: o bien un discípulo se desvanecía y caía al suelo, o se levantaba.

En primavera no quedaban más que diez que hubiesen soportado el invierno y que ahora vi­vían las lluvias primaverales y la nueva flora­ción. Aprendían a atrapar al vuelo una hoja llevada por el viento y a masticarla lentamente, o a comer lo que crecía próximo, una raíz o una hierba. La disciplina no sólo les había curtido sino que había agudizado sus percepciones. Lle­gó el verano y, con él, el calor sofocante. Ya no quedaban más que cuatro. En otoño, quedaban dos.

Los músculos de Chao Mu se mantenían sóli­dos y su espalda derecha. Podía relajarse y lle­nar cada parte de sí mismo de conciencia y calor. Le bastaba pensar en bayas o raíces... y se materializaban sobre sus rodillas; le bastaba pen­sar en agua... y su cuenco estaba lleno. Llegó un día en que se quedó solo. Era la vigilia del solsticio de invierno.

Ése fue el día en que regresó el sabio. Ven conmigo -le dijo a Chao Mu. Cuando el joven se levantó vio a un nuevo discípulo a quien el sabio hacía sentar en la silla de bambú. Le hubiese gustado hablar con él, advertirle de lo que le esperaba. Pero sabía que no tenía que hacerlo.

El sabio le hizo entrar en el monasterio, a él, que era el único que había quedado en todo el año, para celebrar la fiesta del solsticio en compañía de todos los sabios.

Chao Mu preguntó entonces:

-¿Qué pasa aquí? Al parecer sólo un discí­pulo consigue mantenerse fiel y en su puesto durante todo un año.

-Sí -respondió el sabio-. Cada año se retira uno de los treinta y tres que somos, cuan­do ha completado su trigésimo tercer periplo. Tras un año en el monasterio, estarás preparado para ser un Sabio del Manto de color Ciruela y reemplazarás a uno de nosotros.

Y así se hizo.

 

Han pasado los siglos, los sabios han dejado su manto pero la tradición no muere. Manteneos atentos. ¿Tal vez habéis encontra­do a uno de esos treinta y tres sabios en vues­tras vidas? ¿Quién sabe? La vida es tan misteriosa...

 

LA ENSEÑANZA DEL SABIO DE LA TÚNICA COLOR CIRUELA

 

Bajo las ramas de un árbol, al borde del camino, Chao Mu meditaba. Un joven se llegó a él, trastornado.

-¡Es horrible! Vuelvo de la ciudad imperial, Lo-Yang, y sólo he visto por todas partes robos, niños apaleados, hambre y guerra. En el palacio, en torno al emperador, la gente se deja llevar por los más bajos instintos. En la ciudad, las calles están sembradas de inmundicias y apes­tan. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué debo hacer? Ven a sentarte aquí un momento, junto a mí -dijo el sabio.

Se quedaron allí mucho rato, silenciosos. Lue­go, el sabio se levantó y llevó consigo a su compañero hasta el camino.

Mientras andaban en silencio, se dieron cuenta de la belleza de las flores, de la fortaleza de las árboles. Llegaron a un pueblo al mediodía, don­de las gentes descansaban y todo irradiaba paz. Al recorrer el pueblo, el estudiante murmuró: -Sin embargo, esta mañana la gente se pe­leaba y gritaba...

Más allá se veía un campo donde los solda­dos descansaban, y el estudiante observó: -Hace unas horas guerreaban y ahora están tan tranquilos...

De madrugada, el sabio y el joven llegaron a Lo-Yang. Las calles estaban limpias, la gente iba tranquilamente a sus asuntos y el aire fresco halagaba el olfato. Pasearon un rato por el pala­cio imperial, y luego se sentaron en el patio. El emperador se acercó a ellos sonriendo y dijo:

-Hoy es un día de paz y de amor.

En el camino de regreso, el estudiante mani­festó su sorpresa:

-¿De dónde procede este cambio, si ayer mis ojos no encontraban por todas partes más que muerte y negatividad?

-Oh, es muy sencillo -dijo el sabio-. Lo que tú eres se refleja a tu alrededor. Y donde­quiera que estés ves tu propia realidad.

 

  Un día, cuando Chao Mu descansaba a la sombra de un árbol, no muy lejos de un cruce de caminos, apareció un hombre muy apurado. Miraba a la derecha, luego a la izquierda, y acabó preguntándole al sabio:

Dime, noble anciano, ¿qué camino debo tomar?

-Ninguno -respondió Chao Mu.

-Pero tengo que seguir mi camino.

-Bueno, si dudas detente y espera a saber lo que tienes que hacer .

El viajero se sentó entonces al lado del sabio, en silencio. Un estudiante que pasaba por allí les preguntó:

-Decidme, ¿por dónde tengo que ir?

Sin darle al sabio tiempo para contestar, el hombre dijo:

-Toma el camino que hay frente a nosotros. Poco después apareció otro estudiante con la mis­ma pregunta. Nuevamente, el viajero, sentado, res­pondió antes que el sabio, diciendo en esa ocasión:

-Toma el camino de la izquierda.

Poco después, el viajero envió a un tercer estudiante por el camino de la derecha, y a un cuarto por el último camino.

Pasó largo rato. Finalmente, el sabio y el viajero vieron regresar al primer estudiante, con magulladu­ras y ensangrentado, luego al segundo, al que le habían robado la ropa. Al último le había detenido la crecida del río. Tan sólo el tercero no reapareció. Lleno de alegría, el viajero se puso en pie exclamando:

-Ahora ya sé qué camino tomar y se fue corriendo por el camino que había seguido el tercer estudiante.

Los que habían regresado, agotados por su aventura, tuvieron en todo caso la curiosidad de preguntarse:

-Pero ¿por qué ha elegido ese camino?

-Reflexionad -dijo el sabio-. De la muer­te no se regresa.

En esa ocasión, Chao Mu había elegido des­cansar a la sombra de un azufaifo.

Un estudiante le abordó sollozando.

-Oh, Maestro, estoy muy enfermo. La pierna y la cabeza me hacen sufrir horriblemente.

Como el sabio no contestaba, insistió: -Maestro, necesito tu ayuda, estoy sufriendo mucho y tengo miedo.

El sabio seguía sin salir de su silencio y el estudiante volvió a la carga:

-¿Qué puedo hacer con mi pierna? ¿Y con mi cabeza?

El sabio señaló con el dedo un lugar a su lado y el estudiante se sentó, siguiendo con sus sollozos sin que el sabio pareciese preocuparse lo más mínimo por eso. En todo caso, un mo­mento después tomó la palabra:

-Mira ese pájaro que hay en la rama. Mira qué bonitos son sus colores... ¿Te das cuenta de que no manifiesta ni canta más que la belleza?... Observa las flores del prado... y las alas de esa mariposa... Escucha el arroyo que murmura a través del prado y el susurro del viento en las hojas...

-Sí, ya lo veo, ya oigo todo eso -acordó el estudiante.

-Tú no eres diferente de todas esas cosas. Si te mantienes atento a la belleza y si te das tiempo para contemplarla, tu cuerpo no sufrirá. -¿Por qué hablas de sufrimiento? ¿A qué sufrimiento te refieres? -se sorprendió el estu­diante, que había olvidado todos sus males.

 

En esa época del año, todos los sabios y magos del imperio se encontraban reunidos en Lo-Yang para comparar sus conocimientos. Cada uno de ellos había llevado a sus discípulos. Éstos se vanagloriaban los unos ante los otros de los poderes de sus respectivos maestros.

Un árbol se levantó, hizo unas piruetas en el aire y volvió a plantarse en el suelo.

-Mirad. ¿Habéis visto cómo mi maestro ha movido ese árbol?

Otro desplazaba una roca, éste caminaba so­bre el lago, aquel conseguía volar por encima de la multitud...

Y cada estudiante se pavoneaba, alabando a su maestro y las proezas de las que era capaz. Sólo había uno que lo observaba todo y permanecía en silencio. Los otros acabaron por volverse hacia él.

Y tu maestro ¿qué hace?

-¿Mi maestro? Está allí.

Miraron por todas partes inútilmente. Ahí, ¿no lo veis? Está sentado junto a un árbol. Pues ¿qué es lo que hace de extraordinario?

-Oh, tiene mucho poder. Cuando está sen­tado, está sentado; cuando anda, anda, y cuan­do duerme, duerme.

Un estudiante acompañaba al viejo sabio cuan­do iba de un pueblo a otro. Un día le preguntó: -¿A dónde vamos?

¿Importa eso? Caminamos dándonos el gusto de contemplar todo lo que nos rodea.

-Pero yo quisiera saber a dónde vamos. -¿Por qué tienes que saber a dónde vas? -Para saber cuándo he llegado.

-Bien, voy a contestar a tu pregunta. Vamos justamente adonde estamos ahora.

-En ese caso, detengámonos.

-No, porque vamos justamente adonde esta­mos ahora pasando a lo largo de toda nuestra vida.

El viejo sabio salía del agua chorreando y sus discípulos, sentados en la orilla, reían, burlándo­se de él porque le habían visto tropezar en las piedras y caer al río. El sabio les miraba con semblante severo, parecía enojado, lo que hizo redoblar las risas. Le vieron desnudarse, encen­der un fuego y poner su ropa a secar.

Para aquellos jóvenes, que seguían las ense­ñanzas de su maestro cada día, verle caer en el agua había sido una revelación.

Sin decir una palabra, el sabio volvió a po­nerse la ropa en cuanto estuvo seca y, siempre en silencio, saltó al río y lo cruzó, haciendo signos a sus discípulos de que le siguiesen.

¿Qué tenían que hacer? ¿Iba el maestro, se­gún su costumbre, a enseñarles una lección pro­funda? Cada uno de ellos a su vez saltó al agua y llegó a la otra orilla.

Entonces el sabio les preguntó sonriendo: -¿Quién es más estúpido, el que tropieza o el que no hace más que seguir?

 

El viejo sabio estaba sentado según su cos­tumbre bajo un ciruelo. Un joven se acercó a él, intrigado.

Anciano, ¿eres un sabio o un maestro?

El sabio tomó una hermosa ciruela y se la tendió al que preguntaba.

-¿Qué es esto?

-Una ciruela, evidentemente. Ah, ¿sí? Y ¿cómo lo sabes?

-Bueno, porque lo sé.

Pues yo no debo ser ni un sabio ni un maestro.

 

Cada día, el viejo sabio caminaba tranquila­mente. Sus discípulos eran escasos, porque él no se mostraba hablador. Hablaban ellos y él se contentaba con una ligera inclinación de cabeza o con una reflexión aquí y allá. Enseñaba más con sus actos que con sus palabras. A ellos les correspondía averiguar el significado.

A veces le llamaban el sabio loco por su manera de desconcertar a sus estudiantes.

Un día, uno de ellos le preguntó:

-¿Puedo hablar contigo?

-Por supuesto. Estáte mañana por la maña­na en el ciruelo a la salida del sol.

A la hora convenida, el estudiante acudió a la cita. El sabio no estaba. El tiempo pasó y pasó. Por fin, el joven se fue, decepcionado.

Al día siguiente, cuando volvió a ver al sabio, exclamó:

-¿Dónde estabas? No te vi bajo el ciruelo.

-Estaba en el árbol. ¿Por qué no miraste arri­ba? Ya te lo dije muy claro: «En el ciruelo». Escucha lo que te dicen y aprende a observar a tu alrede­dor. No te quedes con lo que parece obvio.

En su enseñanza, el viejo sabio de la Túnica de color Ciruela decía:

La naturaleza es la clave que lleva a la compren­sión de la naturaleza humana, ya que está en el hombre tanto como en un vergel o en la corriente de un río. Como lo sentís y lo veis, observando el crecimiento de las plantas, el fuego da impulso, el agua refresca, el viento dispersa las semillas y participa en la fertilización, la tierra permite el nacimiento de la belleza. Asimismo, el hombre es fuego, agua, aire y tierra. Es invierno, primavera, verano y otoño. Perte­nece a la naturaleza y, cuando vive en armonía con ella, comprende la paz que en ella existe.

»Comed una ciruela, tiene buen sabor, regenera vuestro cuerpo. El ciruelo está bien mientras sigue creciendo y dando frutas. De la misma manera, vosotros sois una naturaleza en crecimiento. Al respetar la naturaleza que hay en él, permitiéndole evolucionar, dejando que se desarrolle sin perturbarla, el hombre aprende y progresa.

Un día, un estudiante le preguntó:

-¿Qué es nuestra tierra? ¿Qué es todo esto? No lo entiendo. ¿Puedes explicármelo?

El viejo sabio le miró con una ligera sonrisa. -¿En qué te sostienes?

-En la tierra -respondió.

-Si pudiese quitar toda la tierra y no dejar más que el lugar en el que te sostienes, ¿qué ocurriría?

-Entonces ya no tendría nada.

-Lo has comprendido. El lugar en el que tú te sostienes no es lo importante. Lo importante es cómo vives por tu fuego -el amor-, por tu agua -tus emociones-, por tu aire -tu pre­sencia espiritual- y por la tierra -donde apor­tas la paz a través de tu naturaleza.

 

El viejo sabio y sus discípulos estaban bajo un ciruelo. Uno de los jóvenes rompió de re­pente el silencio para hacer esta pregunta:

-A lo largo del día vemos que el viento agita las hojas de los árboles, inclina la hierba y mece las flores. Sopla y, sin embargo, nunca lo vemos. Podemos ver el fuego, el agua, la tierra, pero nunca el aire. ¿Por qué?

Y el sabio le respondió:

-El aire es el elemento que te enseña que puedes sentir sin ver. Así aprendes que hay otras cosas ade­más de las que ves, cosas que se sienten pero que no se ven. Las hojas de los árboles sienten el aire, y tú mismo lo sientes en tu cabello y en tu cara. Ocurre lo mismo con la vida, no necesitas verla, saborearla ni tocarla para creer en ella. Es suficiente sentirla. ¡Eso es la vida: sentir más allá de los cinco sentidos!

Mientras estaba impartiendo su enseñanza, el viejo sabio les dijo de repente a sus discípulos:

-Si tuvieseis un deseo que pudieseis satisfa­cer inmediatamente, ¿qué pediríais?

-El conocimiento.

-La sabiduría.

-Tu percepción de las cosas.

-El poder.

-La forma de mantenerme con buena salud...

Cuando cada uno de ellos hubo hablado, todos dijeron a coro:

-Y tú, maestro, ¿qué pedirías?

El sabio sonrió, y murmuró:

-Simplemente, ser un maestro, para saber enseñaros.

-¡Pero si ya lo eres!

-Al escuchar lo que habéis pedido, no me da esa sensación.

El viejo sabio estaba meditando bajo un ár­bol. Una joven se le acercó y le preguntó, sen­tándose a sus pies:

-Maestro, tengo un hijo, enséñame a edu­carlo. ¿Cómo puedo hacer lo mejor para él? Enséñame cómo convertirme en una buena ma­dre.

El sabio tendió la mano y la puso sobre la cabeza de la joven.

-Ya lo eres.

 

El viejo sabio estaba muy ocupado comiendo ciruelas. Un estudiante que pasaba por allí se detu­vo, sorprendido al verle tomar una fruta tras otra.

El estudiante no pudo contenerse mucho tiem­po y preguntó:

-Pero cómo, maestro, nos enseñas modera­ción y te estoy viendo comer decenas de ciruelas...

-Oh, bueno, eso no es mucho.

Y como el estudiante le miraba pasmado, el viejo sabio añadió:

-Cuenta las frutas que hay en el árbol y verás que la cantidad que como es muy modesta.

 

El viejo sabio, sentado bajo el ciruelo, veía que un estudiante se dirigía hacia él.

-Oh, maestro, enséñame la verdad. Quiero conocerla. Enséñamela. Todo el mundo te consi­dera un gran sabio, así que enséñame la verdad.

El sabio se levantó e hizo señas al estudiante de que le siguiese. Llegaron a la orilla de un lago.

-Ven, entremos en el agua -ordenó el sabio.

El joven obedeció, y después de dar unos pa­sos el sabio le hizo caer y le mantuvo la cabeza bajo el agua por la fuerza. El joven se debatía, intentó gritar, formó burbujas, se movió desorde­nadamente. Cuando el estudiante se quedó casi inmóvil, el sabio le devolvió ala superficie y le dijo:

-Cuando tu sed de la verdad sea tan grande como tu sed de aire, entonces vuelve a buscarme.

Un joven abordó al viejo sabio, que estaba sentado bajo un ciruelo, para preguntarle:

-¿Cuántos años tienes? Me han dicho que tendría que estudiar con un viejo sabio, así que quisiera saber si eres verdaderamente viejo.

¿Bajo las ramas de qué árbol estoy sentado? -respondió el sabio.

-Es un ciruelo, evidentemente. -¿Por qué no le preguntas su edad?

-Es inútil. Tiene unas frutas deliciosas, y eso me basta.

-En resumen, quieres decir que si yo no tengo frutas, ¿no sirvo para nada?

-Quizás.

El sabio se levantó para reemprender la mar­cha y el estudiante le gritó:

-¡Has de ser muy viejo, porque ya no tienes frutas!

Sin dejar de caminar, el viejo sabio se volvió y dijo:

-Y sin embargo, acabas de comerlas.

 

Como de costumbre, el viejo sabio estaba bajo un ciruelo y un joven que pasaba por allí sintió la necesidad de hablarle. Así que se acercó y dijo:

-Oh, anciano, te ruego que me respondas: ¿qué es la vida? ¿Por qué estoy aquí? ¿Y por qué estás tú? ¿Por qué crece ese árbol detrás de ti? ¿Por qué no nací antes o después?

El sabio se le quedó mirando un buen rato antes de decir:

-No lo sé.

-Bueno, entonces dime quién puede darme respuestas, y dónde encontrarlas.

-Sigue por este camino y a una cierta dis­tancia encontrarás a un anciano sentado bajo un azufaifo. Ese anciano tiene la sabiduría del uni­verso. Percibe la divinidad en todas las cosas.

El joven le agradeció al sabio su sinceridad y siguió su camino. Al cabo de un momento, llegó ante el anciano, que estaba muy ocupado calcu­lando con su ábaco. El joven le planteó de una sola vez todas sus preguntas:

-¿Porqué estás ahí sentado? ¿Por qué estoy yo ante ti? ¿Qué hace ese árbol que está detrás de nosotros? ¿Por qué estoy aquí hoy y no ayer? Sin mirarle, el anciano le respondió:

-No lo sé.

-Pero, entonces, ¿por qué estás ahí sentado como un maestro? Un anciano, un poco más allá, me dijo que tú lo sabías todo, que conocías el universo y que responderías a mis preguntas. Entonces el anciano le miró.

¿Ese anciano estaba sentado bajo un ciruelo?

-Sí.

-¡Ah, pero si es mi maestro!

Molesto, el joven exclamó:

-Entonces, ¿estoy rodeado de sabios estú­pidos?

-Y a ti ¿no se te ha ocurrido que yo podía estar rodeado de preguntas estúpidas?

 

El viejo sabio estaba acompañado por tres jóvenes a los que acababa de encontrar. Una de sus primeras preguntas fue:

-¿Nos consideras discípulos tuyos?

-Sí -contestó.

-¿Qué tenemos que hacer?

-Seguirme. Escuchar. Observar.

De madrugada llegaron a la orilla de un río. El sabio se quitó la ropa y entró en el agua mante­niéndola cuidadosamente por encima de la cabe­za. Dos de los discípulos le siguieron, y el tercero pensó: «Está loco, y decidió abandonarle.

El sabio y los dos discípulos que quedaban caminaron todo el día. Cuando llegó la noche, se acostaron bajo un árbol. El sabio se envolvió en rayos de luna, pero los dos jóvenes tiritaban y uno de ellos echó a andar solo por el camino. Por la mañana, el sabio pasó despacio por un pueblo. Le dieron un cuenco de arroz, que co­mió, también recibió legumbres, con las que completó su comida. El tercer discípulo, que aún le seguía, se sorprendió.

-¿Y a mí no me das nada, maestro?

-Eres mi discípulo, ¿cómo es posible que no te hayan dado ni arroz ni legumbres?

-Nadie me ha mirado.

Ah. Entonces es posible que no existas.

-Pues claro que existo, ya que estoy aquí, delante de ti.

-¿Cómo es posible que no te hayan dado nada? -repitió el sabio.

Y el tercer discípulo se marchó muy molesto. El sabio siguió solo su camino. Un poco más allá, se detuvo para beber. Sentado bajo una roca, a la orilla del agua, sonriendo para sí, pensó:

«¡Qué difícil es la vida de un maestro en estos tiempos! ¡Si pudiese haber discípulos en busca de un maestro que no enseñase, sino que viviese ... !"

Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

-¡Mirad a ese hombre! Dicen que es el sabio más grande de la provincia y está comiendo con los dedos. ¡Qué horror! Nunca le invitaré a mi casa.

Cinco minutos después apareció una elegan­te comitiva escoltada por tres guardias que acom­pañaba a pasear a dos damas.

-Oh, ¿no es ése el sabio del vergel de los ciruelos?

-Sí, es él.

-No le basta con ser un patán, sino que además es muy sucio. Nunca consentiremos re­cibirle en nuestra casa.

Al día siguiente, el rey de la provincia organi­zaba una gran recepción para celebrar el equi­noccio e invitó al sabio. También estaban invita­dos el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le pre­guntó:

-¿Cómo puedes comer un día con los dedos y otro según las normas y las costumbres?

-¡Oh! es muy sencillo. No me atengo a las costumbres y me adapto al lugar donde me encuentro. Si estoy sentado bajo un árbol, me gusta comer con los dedos. Nadie me ve, aparte de los que pasan y me juzgan. Si se me invita, me acomodo a las costumbres de mi anfitrión.

El hombre meneó la cabeza.

Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.

-Entonces nunca verás más que un aspecto de las cosas -dijo el sabio.

 

Ese día el viejo sabio caminaba lentamente, tan despacio que sus jóvenes discípulos casi se dormían siguiéndole. Uno de ellos se atrevió a preguntar:

-Maestro, ¿te has hecho tan viejo que no puedes caminar más deprisa?

-Y tú, ¿te has hecho tan viejo que ya no tienes paciencia?

 

El viejo sabio estaba paseando solo por el bosque cuando vio que un tigre atacaba a un búfalo de gran cornamenta. Observó la forma en que el búfalo se resistía, y el encarnizamiento del tigre que utilizaba sus garras y sus dientes.

La lucha era feroz. Veía brotar la sangre y que los dos animales se debilitaban. El tigre mordió al búfalo en la nuca y el búfalo hirió con un cuerno el flanco del tigre.

Los miró un largo rato, desfallecidos, jadean­tes, moribundos.

Después, se acercó al tigre, se arrodilló junto a él y le acarició el hermoso pelaje.

El tigre no hizo ni un movimiento, y sin embargo la vida estaba aún ahí y una mirada profunda le respondió.

A continuación fue hacia el búfalo y el ani­mal le lamió la mano. Entonces, se incorporó y se alejó con lágrimas en los ojos, cavilando: «¿Por qué la vida no conoce la paz más que en sus últimos momentos de desesperación?»

Hacía unos días que Chao Mu, que había llegado a una edad avanzada, cojeaba de la pierna derecha. Sus discípulos le observaban, sorprendidos, pero nin­guno se atrevía a preguntarle lo que le pasaba.

Cuando estaban pasando por un hermoso bosque, se dieron cuenta de repente de que el sabio cojeaba de la pierna izquierda y que la derecha ya no parecía tener ningún problema.

En esa ocasión, uno de los estudiantes se animó a preguntarle:

- Ayer cojeabas de la pierna derecha, y ahora de la izquierda. ¿Cómo es eso?

-Oh, simplemente he pensado que ya era hora de que la otra pierna descansase- respondió Chao Mu.