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Ciencia oculta en la medicina

CIENCIA OCULTA EN LA MEDICINA

Dr. Franz Hartmann M. D.

OBRA DEDICADA A TODOS LOS ESTUDIANTES EN MEDICINA

"Lo que una generación considera como la cumbre del saber, es a menudo considerado como absurdo por la generación siguiente, y lo que en un siglo pasa por superstición, puede formar la base de la ciencia en el siglo venidero"

(Teofrasto Paracelso)

PREFACIO

“Nada demuestra tan bien el carácter de la gente como lo que halla ridículo”

Goethe

Para los que han estudiado la naturaleza no es del todo desconocido el hecho de que existe cierta ley de periodicidad, conforme á la cual las formas desaparecen incorporadas en nuevas formas. Las estaciones van y vienen, las civilizaciones pasan y vuelven á crecer, manifestando las mismas características que tenían las anteriores: la ciencia se pierden y son descubiertas de nuevo, y la ciencia médica no es una excepción á esta regla general. Muchos tesoros valiosos de los tiempos pasados han sido sepultados en el olvido; muchas ideas que brillaban cual luminosas estrellas en el cielo de la medicina antigua, han desaparecido durante la revolución del pensamiento, y comienzan á elevarse en el horizonte mental, donde se les da nombres nuevos y se las admira como cosas que se supone no ha existido jamás.

Epocas de espiritualidad han precedido á la pasada época de materialidad, y es seguro que han de seguir otras eras de pensamiento espiritual más elevado. Durante estas épocas anteriores se conocían muchas verdades de suma importancia que han desaparecido en los tiempos modernos, y aunque la ciencia popular actual, la que trata de las apariencias exteriores de la naturaleza física, es sin duda más grande que la de los tiempos anteriores, el estudio de los libros de medicina antiguos demuestra que los sabios de dichos tiempos sabían más acerca de las leyes fundamentales de lo que hoy se admite en la actualidad.

Hay una gran ciencia y una ciencia pequeña; ésta se cierne alrededor de las torres del templo de la sabiduría, aquélla penetra en el santuario, ambas son propias en su lugar respectivo, pero la una superficial y popular, la otra profunda y misteriosa; la una hace muchísimo ruido y ostentación, la otra es silenciosa y no se conoce públicamente.

Hay hombres de ciencia progresivos y los hay conservadores. Hay unos cuyo genio los lleva adelante y que osan explorar nuevas regiones del saber; mientras que los conservadores se limitan á reunir lo que los otros han producido. Todo explorador tiene que ser científico; mas no todo hombre científico es un explorador. La mayor parte de nuestras escuelas modernas de medicina no producen nada nuevo, sino que tan solo trafican en mercancías en la producción de las cuales no han tenido parte. Se parecen á la tienda de un revendedor que no conoce otra cosa que los géneros que tiene. Los estantes están llenos de teorías populares, creencias á la moda, sistemas de patentes, y de vez en cuando encontramos un artículo viejo con etiqueta y nombre nuevos y anunciado como algo nuevo; y el tendero con volubilidad alaba sus géneros tan ufano como si él mismo los hubiera hecho, mientras que desatiende ó censura todo lo que no se halla en su tienda. Pero el que verdaderamente ama á la verdad, no se contenta con vivir de los frutos que han crecido en los huertos ajenos; él recoge los materiales que encuentra, no meramente para gozar de ellos, sino para servirse de ellos como escalones para ascender hacia la fuente de la verdad eterna.

El objeto de la presente obra es llamar al atención de los que siguen la profesión médica á este aspecto superior de la ciencia y á ciertos tesoros olvidados del pasado, de los cuales muchísimos pueden hallarse en las obras de Teofrasto Paracelso. Gran parte de las ideas allí emitidas, antiguas como lo son, parecerán nuevas y extrañas, porque cada uno conoce tan sólo aquello que está dentro de su horizonte mental y que él puede comprender. Tan elevado, sublime é ilimitado es el asunto, que es imposible tratarlo de un modo completo en una obra sumaria como la presente; pero esperamos que lo poco que se ha recopilado en las siguientes páginas, bastará para indicar el modo de alcanzar aquella ciencia mística superior y una mejor comprensión de la constitución del hombre.

INTRODUCCION

“Hay dos especies de conocimiento. Hay una ciencia médica y una sabiduría médica. La comprensión animal pertenece al hombre animal, más la comprensión de los misterios divinos pertenece al espíritu de Dios en él” (Teofrasto Paracelso, “De Fundamento Sapientiae”).

Muchísimo se ha escrito en los libros modernos sobre patología acerca de la dificultad que hay para definir la palabra “disease”[*1]. Según el diccionario significa “falta ó ausencia de comodidad, dolor, incomodidad, angustia, prueba, molestia”, etc., pero se puede objetar contra cada una de estas definiciones. Dice James Paget: “Comodidad é incomodidad, bienestar y malestar, y todos sus sinónimos son términos relativos, de los cuales ninguno puede fijarse incondicionalmente. Si se pudiera fijar un grado de salud normal, todas las desviaciones del mismo podrían llamarse enfermedades (diseases); pero una característica de los cuerpos vivientes no es la estabilidad, sino la variación por auto – adaptación á una grande escala de circunstancias variables, y entre tales adaptaciones no es posible trazar una línea que separe los que pueden razonablemente llamarse saludables, de los que pueden con tanta razón llamarse morbosos” (disease).

A esto contesta la ciencia oculta que existe para nosotros tal grado de salud normal tan luego que reconocemos la unidad y supremacía de la ley; que los resultados de la obediencia á la ley son la armonía y la salud, y los de la desobediencia se llaman discordancias ó enfermedad”.

Dice Shakespeare:

“Los cielos mismos, los planetas y este centro

observan grado, prioridad y lugar.

Estabilidad, curso, proporción, estación, forma,

Oficio y costumbre, en orden perfecto”.

-(Troilus and Cressida, I.3).

Si consideramos el orden, el cual es “la primera ley del cielo”, como la creación de la auto – adaptación de circunstancias que se originan accidentalmente, pasando por alto la Unidad fundamental del Todo y su objeto único, hallaremos probablemente en el universo varias leyes de orden que difieren esencialmente las unas de las otras; y sería difícil saber cual de esas leyes convendría seguir; pero si reconocemos en el orden que rige todas las cosas una manifestación de una ley eterna de orden y armonía, la función de la Sabiduría Suprema que obra en la naturaleza pero que no es el producto de la naturaleza, nos quedará tan sólo que conocer esa Ley suprema y obedecerla. El universo es tan sólo uno, y es regido por una fuente única de todas las leyes; pero dentro de la constitución de esta grande Unidad hay muchas unidades; éstas constituyen dentro del Yo tantos yos cuyos intereses particulares no son idénticos con el del todo, y, por lo tanto, el orden al cual obedecen esos yos temporales, no es el mismo que el del todo eterno. Así pues, la lucha por la existencia, lejos de ser la causa del orden que se observa en el mundo, es en verdad la causa del desorden que existe en él.

Si el hombre, cual su prototipo divino, fuera la unidad perfecta, una manifestación de voluntad y pensamiento identificados y unidos, no habría más que una ley que obedecer; la ley de su naturaleza divina; estaría por siempre jamás en armonía consigo mismo; no habría en su naturaleza elementos inarmoniosos que procurasen crear un orden para sí mismos causando así discordancias y enfermedades. Pero el hombre es un ser compuesto; hay en su naturaleza muchos elementos, cada uno de los cuales representa hasta cierto grado una forma de voluntad independiente; y cuanto mejor logra una de esas modificaciones de voluntad apartarse del orden que constituye al todo, y establecer, sea con inteligencia, sea por instinto, una voluntad propia suya, tanto mayor será la discordancia que produce en todo el organismo y tanto más grave será la enfermedad[*2]. “Una casa cuyos materiales no guarden entre sí compacticidad, forzosamente ha de caer”. La enfermedad es la falta de armonía que sigue á la desobediencia á la ley; el restablecimiento consiste en lograr la armonía volviendo á obedecer á la ley de orden que rige al todo.

La clave para curar las enfermedades se halla, por lo tanto, en la comprensión de la ley fundamental que rige la naturaleza del hombre, y para esto es preciso que un sistema racional de medicina conozca la constitución del hombre; no sólo la de su cuerpo físico, el cual no es más que la parte inferior de la casa en que habita, sino toda la constitución física, astral y mental de ese ser que se llama “Hombre”, que es todavía el misterio más grande para la ciencia, y del cual se sabe ó se enseña muy poco más en nuestras academias después de la anatomía, las funciones fisiológicas, la composición química de los órganos y substancias materiales de que se compone su forma corpórea.

La ciencia moderna ha hecho grandes progresos en la investigación de todos los detalles menores de la cáscara que ocupa el hombre durante su vida en este planeta; pero en cuanto al habitante de esta casa, el hombre interno, el que no es ni enteramente material ni enteramente espiritual, los sabios antiguos sabían acerca de su verdadera naturaleza más de lo que se ha soñado jamás en nuestras escuelas de medicina, y sin duda vale la pena de examinar sus opiniones. Además, si el cuerpo exterior del hombre es, como enseñan, tan sólo la expresión exterior de las cualidades y funciones de un organismo humano más interior é invisible, entonces parece que muchas enfermedades corpóreas que no son causadas por daños físico directos, son los resultados de los desórdenes que existen en aquel organismo interno; y como todo médico verdadero debe procurar conocer las causas de las enfermedades, y no destruir simplemente sus efectos externos, el conocimiento del “cuerpo causal” del hombre, cuya imagen visible es su “forma fenomenal”, puede abrir para la patología y la terapéutica un campo nuevo, del cual se recoja una siega abundante en beneficio de la humanidad.

[*1] En razón al punto filológico de que aquí se trata, me he visto obligado á conservar esta palabra del original. Disease se deriva del substantivo francés anticuado “désaise” que significa literalmente “incomodidad”; su uso se limita ahora al significado de “enfermedad” –N. del T.

[*2] Dice Jacobo Boehme: “Si una esencia (una forma de substancia – voluntad) entra en otra cuya naturalez es de carácter diferente, surge un antagonismo y se sigue una lucha por la supremacía. Una cualidad separa violentamente á la otra, lo cual causa finalmente la muerte de la forma; pues todo lo que no está en armonía no puede vivir eternamente; mas todo lo que está en perfecta armonía, no tiene en sí mismo elementos de destrucción, porque en semejante organismo todos los elementos se quieren los unos á los otros, y el amor es creador y conservador de la vida”. –“Mysterium magnum” XXI,5.

CONSTITUCIÓN DEL HOMBRE

Desde tiempos inmemoriales los sabios han enseñado que no conocemos nunca la verdad inmortal, si no la descubrimos dentro de nosotros mismos, y hace mucho tiempo que la experiencia viene corroborando esta teoría, pues á pesar de todos los progresos en las investigaciones científicas respecto de la naturaleza del hombre, las cuales se efectuaron por medio de investigaciones en el reino exterior de la naturaleza, no se ha descubierto todavía la verdadera constitución del hombre y lo que constituye su esencia. Sabemos que del ovum se desarrolla el feto; del feto el niño, del niño el cuerpo del hombre; conocemos el orden en el cual se efectúan estos procesos, pero parece que no sabemos nada acerca de los poderes que los producen. Este procedimiento alquímico de la naturaleza por el cual hace crecer un hombre de una celdilla en la cual no hay ningún hombre parecería absurdo, increíble y milagrosa, y nadie creería en ella, si no fuera un hecho bien conocido; pero como sucede de continuo, ha cesado de parecer sorprendente y ahora causa extrañeza el que haya quien se maraville de la posibilidad de este hecho.

Dice Hornie: “Por un proceso misterioso, invisible; silencioso, la más hermosa flor de un jardín brota de una semilla insignificante”. Un proceso misterioso parecido se efectúa en la evolución del cuerpo humano. Todos estos procesos son evidentemente los efectos de la acción de una causa adecuada para producirlos; el negar esto equivaldría á afirmar el manifiesto absurdo de que algo puede crecer de nada; y además la lógica demuestra que, si bien una causa física puede producir un efecto físico, un cuerpo vivo no puede ser producido, sino por un poder viviente, un organismo intelectual por un ser inteligente. Sea que el cuerpo animal del hombre haya evolucionado del reino animal inferior o no, ó bien, sea que ciertos animales sean productos de una perversión y degradación de la naturaleza del hombre, esto no es del caso ahora. Lo que sabemos es que ninguna vida y ninguna inteligencia pueden manifestarse en una forma, á menos que estos poderes estén convertidos en ella; y sabemos también que la vida no puede ser creada por la muerte ni la inteligencia por lo ininteligente.

Empero si la ciencia popular no sabe manifiestamente nada acerca del origen de la manifestación de la vida, nada acerca de lo que se llama vagamente “alma”, nada acerca de la naturaleza y origen de la mente (cuyas funciones se necesitan para dar al cerebro la facultad de investigar tales cosas), nada acerca del espíritu y nada acerca de la constitución superior del hombre, cuya expresión externa ó símbolo es su cuerpo físico; es muy justo dirigirse á otras fuentes de saber y oír lo que enseñaban los antiguos tocante {a los principios que entran en la constitución del hombre. El primer requisito para un sistema racional y perfecto de medicina es un conocimiento completo de la constitución del hombre, con referencia al todo y no meramente á una parte de su naturaleza.

Los antiguos Sabios Indios comparaban el hombre á una flor de loto, cuyo hogar es el agua (el mundo), cuyas raíces extraen su alimento de la tierra (la naturaleza material), mientras que eleva su cabeza á la luz (el mundo espiritual), del cual recibe el poder para desarrollar los poderes latentes en su constitución.

Muchísimo se ha dicho ya en la literatura teosófica acerca de la constitución septenaria del hombre, pero no es por demás aquí volver á citarla.

1. Rupa. El cuerpo físico, el vehículo de todos los demás “principios” durante la vida.

2. Prana. Vida ó principio vital.

3. Linga Sharira. El cuerpo astral. La imagen ó contraparte etérea del cuerpo fisico; el “cuerpo fantasma”.

4. Kama Rupa. El alma animal. El asiento de los deseos y pasiones animales. En este principio tiene su centro la vida del animal y del hombre perecedero.

5. Manas. Mente. Inteligencia. El eslabón conexivo entre el hombre mortal y el inmortal.

6. Buddhi. El alma espiritual. El vehículo del puro espíritu universal.

7. Atma. Espíritu. La irradiación de lo absoluto. (Para más explicación, véase “La Clave de la Teosofía”, por H.P. Blavatsky).

Dice Goethe: “Una palabra viene á propósito cuando falta un concepto”. En nuestra época material se ha perdido y pervertido hasta el significado de los términos que expresan poderes y condiciones espirituales; “Dios”, según se supone, quiere decir un ser sobrenatural, antinatural y extracósmico; “Fe”, ha venido á ser credulidad y creencia en las opiniones ajenas; “Esperanza”, ha venido á ser codicia personal; “Amor” es ahora sinónimo de deseo egoísta, etc., etc. No es, pues, extraño que dichos términos sean ahora incomprensibles para muchos o mal interpretados por los mismos, siendo así que todos los referidos términos representan ciertos estados de conciencia, mientras que nadie puede conocer un estado determinado de conciencia si no lo ha experimentado nunca. En esto consiste el misterio.

Los filósofos de la edad media simbolizaban estos siete principios por los signos de siete “planetas”, los cuales recibieron su nombre siete cuerpos cósmicos visibles en el cielo; y si esto es comprendido, resultará desde luego evidente, que los que niegan la división séptupla de los planetas, no hacen más que poner de manifiesto su ignorancia y sus conceptos erróneos. Nadie puede en realidad criticar aquello que no comprende; pero la presunción se imagina ser superior a todo, y se cree más sabia que todos los sabios, olvidando lo que dice Shakespeare: “El necio cree ser sabio, mas el sabio se reconoce á sí mismo como necio”. (AS You Like It, V..I.)

Los antiguos basaban su ciencia médica en el reconocimiento de una causa autoconsciente, autoexistente, eterna, universal, fuente de la vida universal, mientras que la medicina moderna popular reconoce tan sólo el resultado de una fuerza ciega. La medicina secreta de los antiguos era por lo tanto una ciencia religiosa[1], mientras que la medicina moderna popular no reconoce ningún elemento religioso, y por consiguiente ninguna verdad real. El separar la ciencia de la verdad religiosa es ponerla en una base irracional, pues “religión” quiere decir la relación que tiene el hombre con su origen divino. El pasar por alto la fuente de la cual procedió, es desatender su naturaleza verdadera y relegar la medicina al dominio del plano más bajo de su existencia, esto es, su forma más grosera y material. Esta es exactamente la posición que ocupa ahora la medicina moderna, y nada hay que pueda elevarla sino el reconocimiento de la naturaleza superior del hombre, y un re-descubrimiento de la verdad divina. Semejante conocimiento superior se consideraba necesario antiguamente para constituir un verdadero médico, y por esta razón el ejercicio de la medicina estaba en las manos de los que eran naturalmente médicos, sabios y santos por el poder de la verdadera gracia de Dios, mientras que entre los médicos populares hay ahora lo mismo que entonces, algunos zotes y bribones, que no tienen espiritualidad ni moralidad; lo que el médico moderno de la escuela materialista requiere para tener éxito, es aprender de memoria; hasta cierto grado, el contenido de sus libros, á fin de pasar examen y tener el talento de aprovecharse de la credulidad de la gente.

Al hablar de “siete planetas”, los antiguos aludían á siete estados espirituales aunque sin embargo substanciales, de los que la ciencia popular no conoce nada, sino su manifestación exterior en el dominio de los fenómenos. Con razón se ha dicho que nunca nadie ha visto siquiera la tierra; lo que vemos es tan sólo una manifestación ó apariencia de un principio espiritual llamado “tierra”.

La Esencia verdadera de la "materia" no puede concebirse por la mente terrena.

Bajo este punto de vista, los "siete planetas" en la constitución del hombre, lo mismo que en la constitución de la naturaleza como un todo, representa los siguientes elementos, poderes, esencias, ó formas de existencia:

I. Saturno (Prakriti), Materia; la substancia y elemento material en todas las cosas en los tres reinos de la naturaleza (el plano físico, astral y espiritual). Es invisible y se conoce sólo por medio de su manifestación. Es lo que da coherencia y solidez; es la substancialidad misma.

II. Luna (Linga). El cuerpo “etéreo ó astral del hombre; el dominio de los sueños, fantasías, ilusiones, en el cual existe tan sólo el reflejo de la verdadera vida y luz del sol. Representa también la especulación intelectual sin sabiduría (reconocimiento de la verdad), y las formas que pertenecen á este dominio, son tan variables como las opiniones de los hombres.

III. Sol (Prana). La vida en el plano físico y espiritual (Jiva). El centro del sistema planetario. Es lo que produce la manifestación ó actividad de la vida en cada plano de existencia.

IV Marte (Kama). El elemento animal, emocional y pasional en el hombre y en la naturaleza; el asiento del deseo y de la voluntad propia; aquello que se manifiesta como codicia, envidia, ira, sensualidad y egoísmo en todas sus formas; pero que es también un manantial de fuerza. Hay muchas enfermedades causadas por la acción irregular ó excesiva de poderes que pertenecen á este reino, cuando al combinarse con se vuelven de una naturaleza terrena.

V. Mercurio (Manas). La Mente; el principio de inteligencia que se manifiesta como poder intelectual en el dominio de la mente; al combinarse con da origen a pensamientos terrenos, pero en combinación con constituye el conocimiento espiritual.

VI. Júpiter (Buddhi). El principio que se manifiesta como poder espiritual, en lo que se relaciona con lo que se llama el mal, así que para el bien. Razón, intuición, fe, firmeza, reconocimiento de la verdad.

VII. Venus (Atma). El principio que en su pureza se manifiesta como amor divino universal. Es idéntico con el auto-conocimiento. Unido con (la inteligencia) constituye la sabiduría. Al obrar en el plano animal produce instintos animales, y en el plano físico causa las atracciones de las polaridades opuestas, afinidades químicas, etc., etcétera.

Todo esto se dice meramente para indicar la clave de esta clase de ciencia, la cual da lugar á combinaciones innumerables según estos principios se manifiesten modificados á causa de sus diversas condiciones. Además no es posible enseñar esta ciencia espiritual á una mente (Manas) que no esté iluminada por la luz del entendimiento superior (Buddhi). El estudio práctico y la aplicación de alguna cosa requiere ante todo la posesión del objeto, y si esto es cierto respecto de los objetos físicos, no es menos cierto respecto de los principios espirituales, la naturaleza de los cuales no puede ser conocida, sino cuando uno se da cuenta de su presencia en su propia conciencia. Los aspectos superiores de todos estos poderes pertenecen á la naturaleza superior del hombre, y el que desee conocer y aplicar estas leyes en el ejercicio de la profesión médica, debe ante todo procurar desarrollar su propia naturaleza superior, librándose de los elementos que gobiernan su naturaleza inferior; en otras palabras, debe pasar del estado animal – humano al estado humano – divino, al cual pertenece el médico verdadero.

Uno de tales adeptos – médicos fue Felipe Aureolo Teofrasto Bombastó de Hohenheim: Paracelso, el gran reformador de la medicina del siglo diez y seis, el que es propiamente considerado como el padre de la medicina moderna, aunque sus sucesores distan todavía mucho de realizar las verdades que enseñó, y quizá no lograrán por muchos siglos comprenderlas[2]. Sobrepujaba no sólo á la ciencia de su época, sino también á la de la época actual, pues aunque haya sabido menos que nosotros respecto á las apariencias fenomenales de las manifestaciones de la vida en este planeta, sabía muchísimo más que nuestra ciencia moderna en cuanto á las causas de estas manifestaciones y á la naturaleza interna de las cosas. Fue escarnecido é infamado por los que no eran capaces de comprenderle, y actualmente no falta quien lo ridiculice y denigre; pero probó la verdad de sus teorías efectuando curaciones que aun la medicina moderna no puede hacer con todas sus nuevas adquisiciones. Fue el primero en abolir un sistema de charlatanería intolerante, basado en el mero empirismo, cuyos residuos existen aún

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