LAS PERLAS DEL PEREGRINO

El valor del hombre está en su consciencia de lo Absoluto.

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En realidad, lo que separa al hombre de la Realidad divina es una barrera ínfima: Dios está infinitamente cerca del hombre, pero éste está infinitamente lejos de Dios. Esta barrera, para el hombre, es una montaña; el hombre se encuentra ante una montaña que debe apartar con sus propias manos. Excava la tierra, pero en vano, la montaña permanece allí; el hombre, sin embargo, continúa excavando, en el nombre de Dios. Y la montaña se desvanece. Nunca ha existido.

La paradoja de la condición humana es que no hay nada que nos sea tan contrario como la exigencia de superarnos, y nada que sea tan esencialmente nosotros mismos como el fondo de esta exigencia o el fruto de esta superación.

Nuestra deiformidad implica que nuestro espíritu esté hecho de absoluto, que nuestra voluntad esté hecha de libertad, y que nuestra alma esté hecha de generosidad; dominarse y superarse es arrancar la capa de hielo o de tinieblas que tiene prisionera a la verdadera naturaleza del hombre.

Una de las claves para la comprensión de nuestra verdadera naturaleza y de nuestro destino último es el hecho de que las cosas terrenas nunca están proporcionadas a la extensión real de nuestra inteligencia. Esta, o está hecha para lo Absoluto, o no es; sólo lo Absoluto permite a nuestra inteligencia poder enteramente lo que ella puede, y ser enteramente lo que es. Lo mismo para la voluntad, que, por lo demás, no es sino una prolongación, o un complemento, de la inteligencia: los objetos que ella se propone más de ordinario, o que la vida le impone, no alcanzan su envergadura total; sólo la «dimensión divina» puede satisfacer la sed de plenitud de nuestro querer o de nuestro amor.

Lo queramos o no, vivimos rodeados de misterios, que lógica y existencialmente nos arrastran hacia la trascendencia.

La vía hacia Dios implica siempre una inversión: de la exterioridad hay que pasar a la interioridad, de la multiplicidad a la unidad, de la dispersión a la concentración, del egoísmo al desapego, de la pasión a la serenidad.

El mundo nos dispersa y el ego nos comprime; Dios nos recoge y nos dilata, nos apacigua y nos libera.

Por mucho que la inteligencia afirme las verdades metafísicas y escatológicas, la imaginación —o el subconsciente— sigue creyendo firmemente en el mundo, no en Dios ni en el más allá; todo hombre es a priori hipócrita. La vía es precisamente el paso de la hipocresía natural a la sinceridad espiritual.

Sólo por la interioridad deificante, sea cual sea su precio, es el hombre perfectamente conforme a su naturaleza.

Para ser feliz, el hombre debe tener un centro; ahora bien, este centro es ante todo la certeza del Uno. La mayor calamidad es la pérdida del centro y el abandono del alma a los caprichos de la periferia. Ser hombre es estar en el centro; es ser centro.

El alma debe sustraerse a la dispersión del mundo; es la cualidad de interioridad. Después la voluntad debe vencer a la pasividad de la vida; es la cualidad de actualidad. Por último, el espíritu debe trascender la inconsciencia del ego; es la cualidad de simplicidad. Percibir intelectualmente la Substancia , más allá del estrépito de los accidentes, es realizar la simplicidad. Ser uno es ser simple; pues la simplicidad es al Uno lo que la interioridad es al centro y lo que la actualidad es al presente.

En lugar de amar el mundo hay que estar enamorado de lo interior, que está más allá de las cosas, más allá de lo múltiple, más allá de la existencia. Asimismo, hay que estar enamorado del puro Ser, que está más allá de la acción y más allá del pensamiento.

Amar a Dios no es cultivar un sentimiento —es decir, algo de lo que gozamos sin saber si Dios goza de ello—, sino que es eliminar del alma lo que impide a Dios entrar en ella.

El amor de Dios es en primer lugar la adhesión de la inteligencia a la Verdad , después la adhesión de la voluntad al Bien, y por último la adhesión del alma a la Paz que dan la Verdad y el Bien.

Conocer a Dios es amarlo, y no amarlo es no conocerlo.

No somos nosotros quienes conocemos a Dios, es Dios quien se conoce en nosotros.

Todo lo que podemos conocer lo llevamos en nosotros mismos, luego lo somos; y por esto podemos conocerlo.

Pretender que el conocimiento como tal no puede ser sino relativo equivale a decir que la ignorancia humana es absoluta.

La voluntad del Bien y el amor de lo Bello son las concomitancias necesarias, de repercusiones incalculables, del conocimiento de lo Verdadero.

Es bello, no lo que amamos y porque lo amamos, sino lo que por su valor objetivo nos obliga a amarlo.

La belleza, sea cual sea el uso que pueda hacer de ella el hombre, pertenece fundamentalmente a su Creador, que por ella proyecta en la apariencia algo de su ser.

La percepción de la belleza, que es una adecuación rigurosa y no una ilusión subjetiva, implica esencialmente, por una parte, una satisfacción de la inteligencia y, por otra, un sentimiento a la vez de seguridad, de infinidad y de amor. De seguridad: porque la belleza es unitiva y excluye, con una suerte de evidencia musical, las fisuras de la duda y de la inquietud; de infinidad: porque la belleza, por su propia musicalidad, hace que se fundan los endurecimientos y los límites y libera, así, al alma de sus estrecheces; de amor: porque la belleza llama al amor, es decir, invita a la unión y por lo tanto a la extinción unitiva.

La belleza, y el amor a la belleza, dan al alma la felicidad a la que aspira por naturaleza. Si el alma quiere ser feliz de modo permanente debe llevar lo bello en sí misma; ahora bien, esto sólo puede hacerlo realizando la virtud, que también podríamos llamar la bondad o la piedad.

La felicidad es la religión y el carácter; la fe y la virtud. Es un hecho el que el hombre no puede encontrar la felicidad dentro de sus propios límites; su naturaleza misma lo condena a superarse y, superándose, a liberarse.

Superarse: éste es el gran imperativo de la condición humana; y hay otro que lo anticipa y al mismo tiempo lo prolonga: dominarse. El hombre noble es el que se domina; el hombre santo es el que se supera. La nobleza y la santidad son los imperativos del estado humano.

La santidad es el sueño del ego y la vigilia del alma inmortal, del ego nutrido de impresiones sensoriales y lleno de deseos, y del alma libre, cristalizada en Dios. La superficie móvil de nuestro ser debe dormir y, por consiguiente, retirarse de las imágenes y los instintos, mientras que el fondo de nuestro ser debe velar en la consciencia de lo Divino e iluminar así, como una llama inmóvil, el silencio del santo sueño.

La santidad es esencialmente la contemplatividad: es la intuición de la naturaleza espiritual de las cosas; intuición profunda que determina a toda el alma, luego a todo el ser del hombre.

Para el sabio, cada estrella, cada flor, prueba metafísicamente el Infinito.

Este es el gran absurdo: que los hombres vivan sin fe y de una manera inhumanamente horizontal, en un mundo en el que, sin embargo, todo lo que ofrece la naturaleza testimonia de lo sobrenatural, del más allá, de lo divino; de la primavera eterna.

2005 grancanariaweb