120 CUENTOS DE LAS TRADICIONES ESPIRITUALES DE ORIENTE

 

Auténtico conocimiento

Cuentan que, en un país lejano, los discípulos de una orden mística eran sometidos a pruebas muy duras. Un día, un maestro reunió a varios de ellos y les dijo:

-Ayer, unos aspirantes a la maestría fueron sometidos a un examen, quiero que vosotros me deis vuestra opinión sobre quién ha sido el triunfador de la prueba, y así podré conocer vuestra capacidad de comprensión. Acompañadme y os explicaré los detalles.

Caminaron juntos un trecho hasta que llegaron a un lugar donde se abrían unos pozos. El maestro continuó hablando:

-La prueba era muy sencilla. En cada uno de esos cinco pozos repletos de serpientes venenosas, se encerró a los candidatos con el objetivo de que pasaran la noche allí. Acerquémonos y veamos el resultado.

Así, cuando se asomaron al primer pozo, observaron que sólo estaban las serpientes. En el segundo pozo, vieron muerto al candidato rodeado de serpientes. En el tercer pozo, observaron al candidato tranquilamente sentado en medio de todas las serpientes muertas. En el siguiente pozo contemplaron cómo el cuarto hombre dormía a pierna suelta al lado de una pequeña hoguera sin que hubiera ninguna serpiente a su alrededor. Por último, en el quinto pozo, vieron cómo el candidato se encontraba en postura de meditación y con el rostro lleno de serenidad mientras las serpientes recorrían plácidamente su cuerpo.

-Bien -dijo el maestro-, quiero que ahora me digáis quién es el candidato que ha triunfado en la prueba, argumentándome vuestras conclusiones.

Después de una pequeña deliberación en la que constataron que todos estaban de acuerdo, un portavoz se dirigió al maestro:

-Creemos que el ganador es el hombre que está meditando en el quinto pozo. En el primero, parece evidente que el hombre huyó. El segundo murió envenenado por las serpientes. El tercero hizo un acto de valor matándolas, pero sólo se desembarazó del problema. El cuarto candidato dio muestras de inteligencia al utilizar el fuego para que

las serpientes huyeran. En cambio, el último hombre consiguió tal control sobre sí mismo, y alcanzó tal grado de paz interior que hasta esos peligrosos animales han demostrado mansedumbre ante él.

-Vuestras conclusiones son producto de las apariencias y no de la realidad, mucho más simple -dijo el maestro-. Y todo porque el punto de partida es falso: la verdad es que las serpientes no sonvenenosas. Ciertamente, el primer candidato huyó creyéndose en peligro, el segundo murió presa de su propio miedo a morir, el tercero mató a unos pobres animales inofensivos, el quinto realizó un esfuerzo de concentración y control innecesarios en una situación que no lo requería. Sólo el cuarto candidato tenía un conocimiento real: él sabía que aquellos animales no eran en absoluto peligrosos,

por eso se tumbó tranquilamente a dormir, aunque antes prefirió encender una hoguera para calentarse y sacar del pozo a las serpientes para estar más cómodo.

Falsas señales de santidad

Un hombre decidió buscar a un maestro de quien poder aprender tanto de su conocimiento como de su ejemplo. Un amigo se enteró de sus intenciones y se prestó a ayudarlo:

-Yo conozco a un hombre santo que vive en la montaña; si quieres, te acompañaré a visitarlo.

Ambos iniciaron el camino en medio de una nevada y, a media jornada, se sentaron a descansar al lado de una fuente. El buscador preguntó a su amigo:

-¿Cómo sabes que ese ermitaño es un hombre santo?

-Por su conducta --contestó éste-. Viste siempre túnica blanca en señal de pureza, come hierbas y bebe agua, lleva clavos en los pies para mortificarse, a veces rueda desnudo por la nieve y tiene un discípulo que le da periódicamente 20 latigazos en la espalda.

En ese momento apareció un caballo blanco que, después de beber agua en la fuente y mordisquear unas hierbas, se puso a rodar por la nieve. Al verlo, el buscador se levantó y dijo a su amigo:

-¡Me voy, ese animal es blanco, come hierba y bebe agua, lleva clavos en sus cascos, le gusta tirarse por la nieve y seguro que recibe a la semana más de 20 latigazos. Sin embargo, no es más que un caballo.

¿Quién está más loco?

Unos hombres fueron a inspeccionar un manicomio famoso por el acertado tratamiento

que allí se les daba a los pacientes. Entre los muchos enfermos encontraron a uno de ellos extremadamente sonrojado y que desprendía un gran calor.

Preguntaron a los médicos encargados sobre aquel caso tan singular.

-Es el enfermo más antiguo del hospital -contestaron aquellos sabios-. Ese hombre se cree un horno.

-¿Y cómo con sus conocimientos no han podido curarlo aún?

-Bueno...verán -se excusaron los médicos-, lo que ocurre es que hace un pan excelente.

Las respuestas de Dios

Un hombre muy devoto vivía en una casa algo alejada de una aldea. Llegada la época

de las lluvias, éstas aparecieron con una fuerza desacostumbrada. Al cabo de una semana de llover sin parar, vio cómo algunos aldeanos con sus pertenencias se alejaban del lugar pasando frente a su puerta.

-Vecino -le dijeron-, dicen que todavía lloverá mucho más, y esta es una zona que puede inundarse fácilmente. Sube a nuestro carro y nosotros te ayudaremos a cargar tus cosas.

-Gracias amigos -contestó el hombre devoto-, pero no estoy preocupado. Dios me ayudará si llega el caso. Y como acostumbraba, esa noche rezó, pidiendo a Dios que lo mantuviera fuera de peligro.

Pero continuó lloviendo dos semanas más. El agua ya había penetrado en su casa y le llegaba hasta las rodillas. Los últimos habitantes de la aldea le gritaron desde sus barcas al tiempo que remaban apresuradamente:

-Vecino, no te demores ni un instante en venir con nosotros, no pierdas tiempo en recoger nada.

Las aguas amenazan con subir aún más.

-Gracias, pero no os preocupéis por mí. Marchad tranquilos, que Dios no me dejará desamparado, seguro que mañana deja de llover -contestó desde el armario donde estaba subido. Y esa noche la pasó rezando y pidiendo a Dios que no lo abandonara en aquella situación, sin duda ya angustiosa.

Durante la semana siguiente las aguas fueron subiendo indefectiblemente, de tal modo que nuestro hombre terminó encaramado en el punto más alto del tejado. Aun así, no dejó de rezar ni un instante solicitando la ayuda de Dios, confiando ciegamente en la divina providencia. Estando en esta situación se acercó por allí un equipo de salvación perfectamente pertrechado.

-Prepárese, que vamos a salvarlo. Ha tenido suerte que pasásemos por aquí, las lluvias no amainan y la situación es cada vez peor; pero no se preocupe, aquí estamos nosotros para salvarle la vida -le gritó el jefe del equipo.

-Se equivoca, buen hombre -contestó el devoto-, mi vida sólo está en manos de Dios y él no permitirá que muera, seguro que mañana mismo deja de llover y en unos días todo vuelve a la normalidad. Esto es una prueba que Dios me manda para probar mi fe, pero yo confío en su infinita sabiduría.

Oído esto, aquellos hombres decidieron dar media vuelta, pensando que no merecía la pena esforzarse en ayudar a un loco que no quería salvarse.

Como continuó lloviendo, el hombre devoto murió ahogado al día siguiente y su alma llegó ante la presencia de Dios.

-Señor, estoy frustrado, defraudado y desconcertado. ¿Por qué te negaste a socorrerme? Sabes que recé sin parar pidiéndote que no me abandonaras. ¿Por qué lo hiciste? -preguntaba aquel alma entre desconsolados sollozos. -Mi confianza en tu ayuda era absoluta.

La voz de Dios sonó como un trueno.

-¿Cómo que me negué a ayudarte? Nadie tiene la culpa de que seas un completo idiota.

¿Quién crees que te envió a los vecinos del carro, a los de las barcas y al equipo de salvamento?

Empezar por lo pequeño

Un asceta meditaba profundamente en su cueva cuando se sintió molestado por un ratoncillo que se puso a roer sus ropas.

-Márchate estúpido -dijo el ermitaño-. ¿No ves que has interrumpido mi meditación?

-Es que tengo hambre -contestó el ratón.

-Llevaba más de treinta días de meditación buscando la unidad con Dios y me has hecho fracasar -se lamentó el ermitaño.

-¡Cómo buscas la unidad con Dios si no puedes siquiera sentirte unido a mí que sólo soy un simple ratón? -respondió el roedor.

¿Forma esto parte de mí?

Cuentan que un hombre sufría con gran frecuencia ataques de ira y cólera, así que decidió un día abordar esta situación. Para ello se fue al encuentro de un viejo sabio con fama de conocer la naturaleza humana. Cuando llegó a su presencia, habló de este modo:

-Señor, quiero solicitar tu ayuda, ya que tengo fuertes arranques de ira que están haciendo mi vida muy desgraciada. Yo sé que soy así, pero también sé que puedo cambiar si usted me aconseja.

Lo que me cuentas es muy interesante -dijo el anciano-. De todas maneras, para poder tratar bien tu problema es necesario que me muestres tu ira y así pueda saber de qué naturaleza es.

-Pero ahora no tengo ira -argumentó el hombre.

-Bien -contestó en anciano-, lo que tendrás que hacer en este caso es que la próxima vez que la ira te invada, has de venir lo más deprisa posible a enseñármela.

El hombre iracundo se mostró de acuerdo y regresó a su casa. Pero pocos días después se encontró de nuevo con otro ataque de cólera y marchó rápidamente a ver al anciano. Sin embargo, ocurría que el viejo habitaba en lo más alto de una colina muy alejada, así que cuando por fin alcanzó la cima y se presentó al sabio...

-Señor, estoy aquí de nuevo como me dijiste.

-Estupendo, muéstrame tu ira.

Pero al pobre hombre se le había pasado la ira durante la subida.

-Es posible que no hayas venido lo suficientemente rápido -dijo el anciano-. La próxima

vez corre mucho más deprisa y así llegarás todavía con ira.

Pasados unos días, al hombre le asaltó otro fuerte ataque de cólera y recordando la recomendación del sabio, comenzó a correr cuesta arriba todo lo rápido que pudo. Cuando media hora después llegó completamente agotado a casa del viejo, éste le reprendió severamente:

-Esto no puede continuar así, otra vez llegas sin ira. Creo que debes esforzarte aún más y tratar de subir las cuestas mucho más deprisa. De otro modo no voy a poder ayudarte.

El hombre marchó entristecido, jurándose a sí mismo que la próxima ocasión correría con todas sus fuerzas para llegar a tiempo de mostrar su ira.

Pero no ocurrió así. Una y otra vez subía la cuesta, ya cada ocasión llegaba más y más fatigado y desde luego sin un asomo de ira.

Un día que llegó especialmente extenuado, el maestro, por fin, le dijo:

-Creo que me has engañado. Si la ira formara parte de ti, podrías enseñármela. Has subido a mi casa veinte veces y nunca has sido capaz de mostrarla. Esa ira no te pertenece. No es tuya. Te atrapa en cualquier lugar y con cualquier motivo y luego te

abandona. Por tanto, la solución es fácil: la próxima vez que quiera llegar a ti, no la recojas.

Saberlo o no saberlo

Un caminante llegó a un pueblo donde se anunciaba la actuación del “hombre maravilloso”, un personaje que, según contaba el pregonero, era capaz de realizar milagros.

El viajero se colocó en lugar de privilegio para ver el número, y, empezado éste, observó que, en efecto, aquel hombre realizaba prodigios tan grandes como el de crear objetos de la nada. Terminada la función, se acercó al «hombre maravilloso» y le

preguntó:

-¿Dónde está el truco de los fenómenos que realizas?

-No hay ningun truco -contestó éste.

-¿Quieres decirme que eres capaz de crear de la nada? -volvió a inquirir.

-Así es -contestó de nuevo.

-Eso es imposible -gritó el viajero. Sólo puede crear Dios. ¿Es que acaso tú eres Dios?

-Así es -volvió a responder el “hombre maravilloso”.

Lleno de indignación ante aquella irrespetuosa manifestación, el viajero gritó burlándose:

-¡Tú eres tan Dios como puedo serlo yo!

-Así es también -respondió de nuevo-, sólo que hay una pequeña diferencia entre tú y yo.

-¿Cuál es? -preguntó intrigado el caminante.

-Que yo lo sé y tú no.

Comprender lo que uno mismo dice

Un maestro y su discípulo caminaban por un prado. En su paseo Iban oyendo las voces de distintas criaturas: el mugido de las vacas, el trinar de los pájaros, el balar de las ovejas, el relinchar de las caballerías. . .

-Si tan sólo pudiera comprender un instante lo que dicen -dijo en un suspiro el discípulo refiriéndose a los animales.

Mucho más importante para ti sería si tan sólo pudieras comprender un instante la verdadera esencia y significado de lo que tú mismo dices -respondió el maestro.

La importancia de lo inmediato

Un monje errante con hambre y sed de varios días visitó un pueblo y ofreció en la

plaza pública un hermoso sermón que versaba sobre las venturas de los santos en el cielo.

Finalizado el discurso, una mujer de aspecto acaudalado le preguntó:

-Todo lo que ha dicho me ha interesado mucho, pero hay algo que me preocupa. ¿Puede decirme qué es lo que comen y beben esos santos en el cielo?

-Mujer ignorante -clamó el monje-, me preguntas qué comen los santos en el cielo, y no se te ocurre preguntarme qué es lo que yo como.

No es lo mismo pedir que ofrecer

Un rey había fijado unas horas al día para que cualquier súbdito pudiera tener audiencia.

Una mañana llegó un mendigo fuera de las horas señaladas y pidió ver al rey. Los guardias se burlaron de él y le preguntaron si no conocía la ley. El mendigo contestó:

-La conozco perfectamente, pero es válida sólo para aquellos que quieren pedir al rey cosas que ellos mismos necesitan; yo, en cambio, quiero hablar con el rey sobre las cosas que el reino necesita.

El mendigo fue admitido en el palacio inmediatamente.

Interpretando según convenga

Un día de lluvia torrencial un vecino corría presuroso buscando cobijo, cuando un

hombre devoto le preguntó:

-¿Por qué corres?

-Corro para no mojarme -contestó.

-¿No sabes, desgraciado, que el agua de lluvia es una bendición divina? ¡Disfruta de ella! -le increpó el religioso.

Impresionado, el vecino comenzó a caminar despacio, calándose hasta los huesos.

Ocurrió que, otro día, el vecino vio al devoto corriendo bajo la lluvia.

-¿Has olvidado ya que la lluvia es una bendición del Señor? -preguntó irónico.

-Precisamente por eso corro a fin de no pisar esta bendita agua -respondió mientras se perdía calle abajo.

 

Pedir el favor completo

Un hombre de condición humilde había perdido su herramienta de trabajo y pedía a los

cielos el poder recuperarla encomendándose a un santo particular.

-Si haces que la encuentre, prometo que entregaré tres monedas de oro en ofrenda -decía entre sollozos.

Al cabo de un rato, encontró lo perdido y exclamó:

-Oh, poderoso santo, que has logrado que encuentre mi herramienta, haz, por favor, que encuentre ahora tres monedas de oro.

 

Sin percepción correcta no hay juicio correcto

Un jinete vio que un escorpión venenoso se introducía por la garganta de un hombre que

dormía tumbado en el camino. El jinete bajó de su cabalgadura y con el látigo despertó al hombre dormido a la vez que le obligaba a comer unos excrementos que había en el suelo. Mientras, el hombre chillaba de dolor y asco:

-¿Por qué me haces esto? ¿Qué te he hecho yo?

El jinete continuaba azotándolo y obligándole a comer los excrementos.

Instantes después, aquel hombre vomitó arrojando el contenido del estómago con el escorpión incluido. Comprendiendo lo ocurrido, agradeció al jinete el haberle salvado la vida, y después de besarle la mano insistió en entregarle una humilde sortija como muestra de gratitud. Al despedirse le preguntó:

-Pero ¿por qué sencillamente no me despertaste? ¿Por qué razón tuviste que usar el látigo?

-Había que actuar rápidamente -respondió el jinete-. Si sólo te hubiera despertado, no me habrías creído, te habrías paralizado con el miedo o habrías escapado. Además, de modo alguno hubieses tomado los excrementos, y el dolor de los azotes provocaba que te convulsionases, evitando que el escorpión te picara.

Dicho lo cual, partió al galope hacia su destino.

No lejos de allí, dos hombres de una aldea vecina habían sido testigos del episodio. Cuando regresaron junto a sus paisanos, narraron lo siguiente:

-Amigos, hemos sido testigos de unos hechos muy tristes que revelan la maldad de algunos hombres. Un pobre labrador dormía plácidamente la siesta a la vera de un camino, cuando un orgulloso jinete entendió que obstaculizaba su paso. Se bajó de su caballo y con el látigo comenzó a azotarlo por tan mínima falta. No contento con eso, le obligó a comer excrementos hasta vomitar, le exigió que le besara la mano y además le robó una sortija. Pero no os preocupéis, a la vuelta de un recodo hemos esperado al arrogante jinete y le hemos propinado una buena paliza por su deplorable acción.

Siempre «si Dios quiere»

Un vecino se encontró a otro por el camino.

- ¿Donde vas, amigo? -preguntó.

-Voy al mercado a comprar un burro -contestó el otro.

-Será si Dios quiere.

-No hace falta en este caso decir «si Dios quiere»; tengo dinero, y en el mercado venden burros, así que no hay duda de que regresaré con un burro.

-Acuérdate que siempre hay que decir si Dios quiere -volvió a recordarle el amigo.

Pero camino del mercado, unos bandidos robaron la bolsa con el dinero del vecino. Sin embargo, dispuesto a no regresar a casa sin el jumento, negoció con el vendedor de burros y lo convenció de que se lo entregara con la promesa de que en breve se lo pagaría a un precio más alto. De vuelta a su casa, otros bandidos le robaron el burro y le dieron además una buena tunda.

Ya de anochecida, el pobre hombre venía de regreso por el camino, cuando se encontró de nuevo con el amigo.

-¿De dónde vienes con ese aspecto? -preguntó.

-Me han robado el dinero «si Dios quiere», también me han robado el burro «si Dios quiere», tengo una deuda que no sé como pagaré «si Dios quiere», me han dado una paliza «si Dios quiere», voy a que me vea el médico «si Dios quiere», y ¡maldito sea tu padre «si Dios quiere»!

 

El mismo tipo de pago

Dos hombres se presentaron ante el juez de la localidad.

-Señoría -dijo el primero-, vengo a demandar a este individuo porque ha vendido toda la leña que ha cortado y no quiere darme mi parte.

-Si él ha cortado la leña, ¿qué es lo que tú has hecho? -interrogó el magistrado.

-Yo lo he estimulado dándole gritos de aliento y ánimo constantemente, eso ha provocado que cortara más leña de la habitual y que le pagaran una cantidad superior a la que normalmente recibe.

El juez se quedó pensando unos instantes.

-Lo que reclama este hombre es justo -sentenció-. Leñador, dame la bolsa con el dinero que has recibido y entregaremos la parte que le corresponde a este hombre.

El juez cogió la bolsa del compungido leñador y la agitó ante la cara del hombre hasta que sonaron las monedas dentro.

-Éste es tu pago: ya tienes el sonido del dinero.

Rutina o conciencia

Un joven discípulo se acercó a su maestro y le preguntó:

-Señor, cómo podemos huir de la rutina: todos los días nos vestimos, comemos...

El maestro contestó:

-No vestimos y comemos.

-No comprendo -dijo el joven.

-Si no comprendes, ponte la ropa y come -respondió el maestro.

La magnitud del problema

Un monje le dijo una mañana a su maestro que tenía un problema que deseaba comentar con él, y éste le contestó que esperase hasta la noche.

Llegada la hora de dormir, el maestro se dirigió a todos los discípulos preguntando:

-¿Dónde está el monje que tenía un problema? ¡Que salga aquí ahora!

El joven, lleno de vergüenza, dio un paso al frente.

-Aquí hay un monje que ha aguantado un problema desde la mañana hasta la noche y no se ha preocupado en resolverlo. Si tu problema hubiese consistido en que tenías la cabeza debajo del agua, no habrías aguantado más de un minuto con él.

¿Qué clase de problema es ese que eres capaz de soportarlo durante horas? -preguntó el maestro.

 

Naturaleza destructiva

Ocurrió que un escorpión deseaba vadear un río cuando acertó a pasar por allí una rana que tenía la misma intención.

-Rana -dijo el escorpión-, quiero cruzar el río pero yo no sé nadar. ¿Por qué no me ayudas llevándome a tu espalda?

-¿Cómo voy a llevarte? Eres muy peligroso, tu veneno es mortal y seguro que me picarías.

- Te aseguro que no te atacaré -protestó el escorpión-. Tienes la certeza de ello, ya que si te picase yo también moriría cuando tú te hundieras.

Este argumento convenció a la rana, que, con el escorpión ya subido a su espalda, comenzó a cruzar el río. Pero justo en medio de la corriente, sintió el doloroso picotazo de la alimaña clavándose en su carne.

-¿Por qué lo has hecho? -acertó a preguntar instantes antes de morir.

-Lo siento mucho, ranita, pero es mi naturaleza -respondió el escorpión mientras se hundía en las aguas para siempre.

Verdadero maestro, verdadero discípulo

Dos viajeros, uno que venía del norte y otro que venía del sur, se encontraron casualmente en un punto del sendero y decidieron continuar juntos para hacer más llevadero el camino. Uno de ellos preguntó al otro:

-¿Hacia dónde te diriges?

-Voy a donde pueda encontrar un maestro, un auténtico maestro, llevo años de búsqueda incansable viajando por el mundo -contestó el hombre que venía del sur -pero no desespero, sé que encontrar un auténtico maestro es muy difícil, su aparición en el mundo es muy rara y por tanto la posibilidad de encontrarlo es también muy escasa.

-¿Y qué harás cuando lo encuentres? -volvió a preguntar cl compañero.

-¡Oh, qué gran momento será ese! Me postraré a sus pies, mi corazón se estremecerá y mis ojos seguramente derramarán lágrimas. Dios quiera que algún día pueda vivir ese momento -contestó.

Pasaron las jornadas y ambos compartieron diversas vivencias cotidianas además de la comida de cada día y el fuego por las noches.

Una mañana, el hombre que venía del norte, dijo:

-Ha llegado el momento de separarnos, tú sigue tu camino, que yo seguiré el mío.

-¿Adónde irás? -preguntó su compañero.

-Continuaré mi búsqueda.

-¿Qué búsqueda?

-La de un auténtico discípulo. Encontrar una persona así en el mundo es algo extraordinariamente raro. Es verdaderamente raro que alguien sea capaz por sí mismo primero de reconocer a un auténtico maestro, y después de mostrar el comportamiento y

la actitud correctas que le permitan aprender.

Instantes después, el hombre que venía del sur, pudo ver como el Maestro de su época se alejaba por el camino.

Hacerlo a tiempo

En una pequeña laguna vivían tres peces. Un día vieron que un pescador se había acercado a la orilla y preparaba su red de pesca. Después de deliberar, decidieron adoptar la estrategia de saltar fuera de la charca y hacerse pasar por muertos intentando adoptar una posición inmóvil y aguantando la respiración. Uno de ellos pasó a la acción

rápidamente, por lo que, tomando impulso, saltó a los pies del pescador aunque se le olvidó estarse quieto y aguantar la respiración. Éste, atónito por la rara actitud del pescado, lo observó y, ante la sospecha de que aquel pez pudiera estar enfermo o algo

parecido, resolvió tirarlo al agua. Una vez en su elemento, nadó rápidamente hasta refugiarse en un pequeño escondite. El segundo pez hizo lo mismo, y aunque se estuvo quieto no logró aguantar sin respirar. El pescador se extrañó de ver otro pez a sus pies,

pero esta vez decidió cogerlo y meterlo en la bolsa.

Afortunadamente para el animal, el pescador olvidó cerrarla así que el pez, haciendo un gran esfuerzo, pudo escapar y volver al agua. Finalmente, el último pez hizo lo mismo que sus compañeros, saltando a la orilla, siendo el único capaz de estar completamente

inmóvil y aguantar la respiración. Pero el pescador, harto ya de aquella extraña actitud de los peces, lo metió en la bolsa, se aseguró de que estaba bien cerrada y se marchó a su casa a preparar el sabroso pescado para comer.

 

 

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