El Sendero del Mago

LECCIÓN 1

Hay un mago dentro de cada uno de nosotros

— un mago que lo ve y lo sabe todo.

El mago está más allá de los contrarios de luz

y oscuridad, bien y mal, placer y dolor

Todo lo que el mago ve tiene sus raíces

en el mundo invisible.

La naturaleza refleja los estados de ánimo del mago.

El cuerpo y la mente podrán dormir

pero el mago vela permanentemente.

El mago posee el secreto de la inmortalidad.

“Toma”, dijo Merlín un día, mientras ponía un plato de sopa delante del joven Arturo. “Prueba”.

Arturo lo hizo, no sin vacilar. Era un potaje exquisito de carne de venado y raíces silvestres, misteriosamente sazonado por Merlín en un momento en que Arturo le daba la espalda. En realidad, la sopa estaba deliciosa y Arturo se apresuró a hundir la cuchara de nuevo, justo en el momento en que le arrebataban el plato de las manos.

“Espera, quiero más”, masculló con la boca llena todavía. Merlín sacudió la cabeza. “Todo el banquete está en esa primera cucharada”, le advirtió.

Al principio, Arturo sintió una oleada de frustración y desilusión, pero luego se dio cuenta de que se sentía satisfecho, como si hubiese consumido todo el plato. Más tarde, mientras dormitaba debajo de un árbol, Merlín se aproximó y le dejó un plato lleno de sopa al lado. Mientras se alejaba, el mago murmuró: “Sólo recuerda: ¿De qué me habrían servido todos esos años en la escuela de magia, si no hubiera podido enseñártelo todo en la primera lección?”

 

Para comprender la lección

Se necesita toda una vida para aprender lo que el mago tiene para enseñar, pero todo lo que ha de desenvolverse a través de años y decenios está a nuestro alcance en la primera lección de Merlín. En ella el mago se presenta. Describe su enfoque ante la vida, consistente en resolver los enigmas más profundos de la mortalidad y la inmortalidad. Y todo eso sucede en forma mágica. En primer lugar, Merlín no se presenta realmente en forma física. Las formas le tienen sin cuidado. Ha visto el pasar de muchos mundos, ha sobrevivido a siglos de cataclismos, y su reacción ante todo es la misma: él ve.

Los magos son videntes. ¿Qué ven? La realidad en su conjunto, no en sus diversos componentes.

“¿Siempre fuiste mago?”, preguntó el joven Arturo.

“¿Cómo habría podido serlo?”, contestó Merlín. “En un tiempo iba por ahí como tú y, cuando miraba a una persona, lo único que veía era una forma de carne y hueso. Pero con el tiempo comencé a notar que las personas habitan en una casa que se extiende más allá de ese cuerpo — las personas infelices, con emociones encontradas, viven en casas desordenadas; las personas felices y satisfechas habitan en casas ordenadas. Fue una observación simple, pero después de un tiempo concluí que cuando veo una casa, en realidad estoy viendo un poco más de la persona.

“Después se amplió mi visión. Cuando veía a una persona, no podía evitar ver también a su familia y a sus amigos. esas eran extensiones de la persona, que me decían mucho más acerca de quién era ella en realidad. Y mi visión continuó expandiéndose. Comencé a ver debajo de la máscara de la apariencia física. Vi emociones, deseos, temores, anhelos y sueños. También éstos son parte de una persona, si se tienen los ojos para apreciarlos.

“Comencé a observar la energía que emana de cada persona. Para entonces, el conjunto físico de carne y huesos había pasado a ser casi insignificante para mí, y al poco tiempo veía mundos dentro de mundos en todas las personas con quienes me encontraba. Entonces me di cuenta de que todo ser vivo es el universo entero, sólo que cada vez lleva un disfraz diferente”.

“¿Eso es posible realmente?”, preguntó Arturo.

“Llegará el día en que te darás cuenta de que todo el universo vive dentro de ti, y entonces serás un mago. Como mago, no vives en el mundo, el mundo vive dentro de ti.

“Durante centurias la gente ha buscado a los magos donde quiera que se encuentren — en bosques impenetrables o en cuevas, torres o templos. El mago también ha existido con distintos nombres — filósofo, mago, vidente, chamán, gurú. ‘Dinos por qué sufrimos. Dinos por qué envejecemos y morimos. Dinos por qué somos tan débiles para forjamos una buena vida'. Sólo ante el mago han podido los mortales descargarse de tantos interrogantes difíciles.

“Tras escuchar atentamente, los magos, maestros y gurús han respondido siempre lo mismo: “Puedo resolver toda esa masa de ignorancia y dolor sólo si tú comprendes una sola cosa. Yo estoy dentro de ti. Esta otra persona con quien crees estar hablando no es distinta. Somos una sola persona y en

ese nivel en el cual estamos unidas, ninguno de tus problemas existe”'.

Una vez que Arturo se lamentó que Merlín lo mantenía en el bosque y apenas le permitía vislumbrar el mundo de vez en cuando, el anciano se burló: “¿El mundo? ¿Cómo crees que viven esas personas, aquéllas que has visto en el pueblo? Se preocupan por el placer y el dolor, y buscan ansiosas el primero mientras evitan desesperadamente el segundo. Están vivas, pero desperdician la vida y se preocupan por la muerte. Viven obsesionadas por la riqueza o la pobreza, y esa obsesión alimenta sus temores más profundos

Por fortuna, el mago interior no experimenta nada de eso. Puesto que ve la verdad, no ve la falsedad, porque el juego de los contrarios — placer y dolor, riqueza y pobreza, bien y mal — parece real sólo hasta el momento en que se aprende a ver dentro del marco más amplio del mago. Sin embargo, es imposible negar que ese drama de la vida cotidiana es muy real para las personas comunes y comentes. La apariencia exterior de la vida es la vida, si lo único en lo cual uno cree es en lo que le dicen los sentidos, lo que uno ve y siente.

Los mortales han buscado a los magos para resolver su obsesión por las apariencias y su anhelo por encontrar significado. Debe haber algo más allá de lo que estamos viviendo, pensaron los mortales, sin saber exactamente lo que ese algo más podría ser. “Dedica tiempo a reflexionar no sobre lo que ves, sino sobre por qué lo ves”, le aconsejó Merlín a Arturo.

Por consiguiente, la primera lección se reduce a lo siguiente: Es preciso mirar más allá del yo limitado para ver el yo ilimitado. Perforar la máscara de la mortalidad para encontrar al mago. El vive dentro de nosotros y solamente ahí. Una vez que lo hallemos también seremos videntes. Pero aquello que hemos de poder ver llega solamente a su propio ritmo, paso a paso. Antes de verlo, vendrá la sensación de que la vida es algo más de lo que estamos viviendo. Es como una voz suave que susurra: “Encuéntrame”. Esa voz que llama es tranquila, calmada, está en paz dentro de sí misma, pero también es esquiva. Es la voz del mago, pero también es nuestra voz.

  Para vivir la lección

Las frases de Merlín operan sutilmente, como el agua que se cuela dentro de la tierra. El agua que hoy brota en manantiales cayó en forma de lluvia hace miles, hasta millones de años. Nadie sabe mayor cosa sobre la vida de esta agua oculta, a dónde va, qué le sucede entre las rocas del subsuelo. Pero un día, liberada por la gravedad, sale de las profundidades oscuras y, como por encanto, brota pura y fresca.

Así sucede con Merlín. Si nos sentamos en silencio y escuchamos durante algunos minutos, las palabras comenzarán a penetrar. Hay que dejar que eso suceda y después permitir que la sabiduría haga lo suyo. No hay que esperar ni prever ningún resultado, sino estar atentos a lo que pueda suceder. Cualquier cosa que suceda será buena.

La primera lección es sobre encontrar al mago y apreciar su punto de vista, el cual es muy diferente del adoptado por la mente o las emociones. Las emociones sienten y reaccionan. Son inmediatas, como los tentáculos de la anémona de mar que se retuercen instantáneamente en respuesta a una sensación. El dolor provoca la contracción emocional; el placer genera un sentimiento de expansión y liberación.

Por otro lado, la mente es menos inmediata. Lleva un registro gigantesco de recuerdos, los cuales le agrada repasar constantemente. Compara los nuevos con los viejos y toma una decisión: esto es bueno, aquello es malo, esto vale la pena repetirlo, aquello no. Así, las emociones generan una respuesta inmediata, impensada frente a cualquier situación, como el bebé que sonríe o llora espontáneamente. Pero la mente consulta su banco de memoria y proporciona una reacción retardada.

El mago no reacciona de ninguna de estas dos maneras, ni inmediata ni tardíamente — Merlín sencillamente es. Ve el mundo y le permite ser como es. Sin embargo, no es un acto pasivo. La base de todo lo que existe en el mundo del mago descansa sobre el conocimiento de que “Todo esto soy yo mismo”. Por lo tanto, al aceptar el mundo como es, el mago lo ve todo bajo la luz de la auto-aceptación, que es la luz del amor.

Parece extraño que la definición del mago sobre el amor esté envuelta en silencio. Para las emociones, el amor es una oleada de sentimiento, una atracción muy activa hacia un estímulo abrumador. La mente tiene sus propios estilos, pero no son muy distintos: la mente ama todo aquello que le repite un recuerdo placentero del pasado. “Me encanta esto” básicamente quiere decir: “Me encanta repetir eso que fue tan maravilloso antes”. Por consiguiente, tanto la mente como las emociones son selectivas. Seleccionar y escoger no tiene nada malo, pero demanda esfuerzo. Aunque a todos nos han enseñado que el esfuerzo es bueno, que nada puede lograrse sin trabajo, eso no es cierto. La existencia no se logra con esfuerzo; el amor no se logra con esfuerzo.

En un plano más sutil, la selección y la escogencia también implican rechazo. La mente se concentra en una cosa a la vez. Antes de poder decir: “Me agrada eso”, es necesario rechazar todas las demás opciones. Las cosas que solemos rechazar tienen un viso de temor. La mente y las emociones no son imparciales ante el dolor y el sufrimiento; los temen y rechazan. Este hábito de seleccionar y escoger acaba por demandar mucha energía, puesto que nuestra mente permanece vigilante, constantemente alerta para cerciorarse de que jamás se repitan el dolor, la desilusión, la soledad y muchas otras experiencias dolorosas. ¿Qué espacio le queda al silencio?

Sin silencio el mago no tiene espacio. Sin silencio no es posible apreciar realmente la vida, cuyas fibras más sutiles son tan delicadas como un botón de rosa. Cuando los mortales recurrían a los magos para pedirles consejo, lo hacían porque se daban cuenta que ellos no vivían atemorizados. Los magos aceptan, incluso acogen, todo lo que les sucede. “¿Cómo logran tener esa paz?” les preguntaban los mortales. Y la respuesta de los magos era: “Busquen dentro de ustedes mismos, donde sólo hay paz”.

Así, el primer paso hacia el mundo de Merlín es reconocer que existe — con eso basta. Al sentarse a reflexionar sobre esta lección es probable que la mente se rebele, rechazando la noción misma de que exista otro punto de vista válido, un camino distinto al propio. Las emociones quizás se unan a esa ola de desconfianza, angustia, aburrimiento, escepticismo y desdén, lo que sea que surja. No hay que resistirse a esos sentimientos. Sencillamente son la forma habitual de seleccionar y escoger. Rechazando la mente se coloca en primer plano. Durante años nos ha servido fielmente, alejando de nosotros las cosas desagradables. La pregunta es si las tácticas de la mente realmente han funcionado. Es probable que la mente logre hacemos inteligentes, pero está mal equipada para darnos la felicidad, la realización y la paz.

Merlín no discute con la mente. Todos los debates son producto del pensamiento, y el mago no piensa. El mago observa. Y ahí está la clave de lo milagroso, porque todo lo que vemos en nuestro mundo interior podemos hacerlo realidad en el mundo exterior. Vivamos la primera lección, permitamos que el agua de la sabiduría se cuele a través de pasajes secretos hacia el interior de nuestro ser, y observemos. El mago está dentro de nosotros y solamente ansia una cosa: nacer.

LECCIÓN 2

 

La magia sólo podrá retornar con el regreso de la inocencia. La esencia del mago es la transformación.

Todas las mañanas, el joven Arturo bajaba al estanque. del bosque a lavarse. Como todo niño, el baño no era su tarea preferida y muchas veces se quedaba por el camino, distraído con el parloteo de las ardillas rojas, las urracas o con cualquier otra cosa que le atrajera más que el agua y el jabón.

Merlín realmente no prestaba mayor atención a toda la mugre que se apilaba en el rostro de su pupilo, alrededor del cuello y por todas partes. Pero llegó el día en que el mago estalló: “¡Podría sembrar frijoles detrás de tus orejas! No me importa si solamente pasas un minuto en el estanque, pero haz algo allí”.

Arturo agachó la cabeza y dijo: “He tenido miedo de confesártelo, Merlín, pero cuando me inclino sobre el agua no puedo ver mi propio reflejo. No veo dónde lavarme, ni siquiera se cómo soy”.

Para desconcierto del niño, cuando alzó la cabeza Merlín estaba a su lado y se veía dichoso. “Toma”, le dijo, colocando una gran esmeralda en la mano del niño como premio (Arturo la utilizó posteriormente para saltar por encima del agua).

“Creí que tu desobediencia era señal de que habías perdido tu inocencia, pero veo que me equivoqué. La ausencia del reflejo significa que no tienes imagen de ti mismo. Cuando la imagen de ti mismo no te distrae, sólo puedes estar en estado de inocencia”.

Para comprender la Lección.

La inocencia es nuestro estado natural, antes de quedar oculto detrás de nuestra imagen de nosotros mismos. Cuando nos miramos, incluso con la intención de ser totalmente sinceros, vemos una imagen construida a través de los años, de capas complejamente entretejidas. Las líneas y arrugas que surcan nuestro rostro cuentan la historia de alegrías y tristezas pasadas, triunfos y derrotas, ideales y experiencias. Es casi imposible ver algo distinto en él.

El mago se ve a sí mismo donde quiera que mira porque su vista es inocente. No está nublada por los juicios, los rótulos y las definiciones. El mago sabe de todas maneras que tiene ego e imagen de sí mismo, pero no se deja distraer por esas cosas. Las ve contra el telón de la totalidad, el contexto completo de la vida.

El ego es el “yo”; es nuestro punto de vista singular. En la inocencia, ese punto de vista es puro, corno un lente transparente. Pero sin la inocencia, el foco del ego se distorsiona notablemente. Cuando creemos conocer algo — incluidos nosotros mismos —, en realidad estamos viendo nuestro propios juicios y rótulos. Las palabras más simples que utilizamos para describimos unos a otros — amigo, familia, extraño— están cargadas de juicios. La brecha enorme de significado que separa al amigo del extraño, por ejemplo, está llena de interpretaciones. Al amigo se le trata de una forma, al enemigo de otra. Aunque no traigamos nuestros juicios a la superficie, ellos nublan nuestra visión como el polvo que oscurece un lente.

Al no tener rótulos para nada, el mago ve las cosas siempre nuevas. Para él el lente está limpio, de manera que el mundo resplandece de novedad. En todo escucha la misma canción sutil: “Contémplate”. A Dios se lo podría definir como alguien que al mirar a su alrededor sólo se ve a si mismo — o misma — en todas las direcciones; en la medida en que fuimos creados a su imagen y semejanza, nuestro mundo también es un espejo.

A los mortales les pareció muy extraño este punto de vista mágico, porque tenían su interés puesto en una dirección totalmente diferente. Quedaron fascinados ante las cosas que vieron afuera, y desearon ponerles nombre y utilizarlas. Era preciso dar un nombre a todas las aves y los animales. Era preciso cultivar las plantas para obtener alimento o placer. Las tierras estaban allí para ser exploradas y conquistadas.

Merlín no mostró mayor interés en todo eso. Los magos a veces desconocen los nombres de las cosas más comunes, como roble, ciervo o las constelaciones. Sin embargo, un mago podría pasar horas mirando el tronco retorcido del roble, a un ciervo pastando o el cielo estrellado, y en cada momento de su contemplación estaría totalmente absorto.

Los mortales quisieron participar de esa forma de arrobamiento. Cuando preguntaron el secreto para mirar al mundo con nuevos ojos, con deleite, Merlín les contestó: “Ustedes han perdido la inocencia. Como le han dado nombre a las cosas, ya no ven las cosas sino sus rótulos”. Eso era bastante fácil de ilustrar. Cuando dos caballeros que no se conocían se encontraban en el bosque, inmediatamente buscaban el emblema o pendón que les permitiera saber si se hallaban frente a un amigo o a un enemigo. Tan pronto como veían la insig-nia, podían actuar, pero no antes. El amigo podía ser abraza-do, invitado a compartir el banquete y animado a contar sus historias. El enemigo solamente podía ser atacado.

Merlín decía que esta obsesión por denominar las cosas es la actividad de la mente, pura y simple. La mente no puede reaccionar si no hay rótulo. Todos llevamos millones de rótulos en la cabeza y la mente es capaz de consultarlos a una velocidad asombrosa. La velocidad de la mente es sorpren-dente, pero no nos salva del estancamiento. Todo aquello en lo que podemos pensar ya lo hemos experimentado, y todo aquello que hemos experimentado puede llegar a can-samos. “¿Se preguntan por qué no pueden contemplar un roble o un venado o una estrella durante más de un minuto?” decía. “Puedo oír la queja de sus mentes: ‘¡Que aburrición, es lo mismo de antes!' Y ahí van, ansiosos de encontrar algo nuevo.

“No veo dónde está el problema”, le dijo un día uno de los ancianos de la aldea. “El mundo es grande y la naturaleza está llena de aspectos y transformaciones fascinantes”.

“Eso es muy cierto”, reconoció Merlín, “pero según ese argumento, nada debería ser viejo y aburrido. Nadie niega la infinidad de cosas que existen allá afuera. Pero los mortales se quejan constantemente del aburrimiento, ¿no es así?” El anciano asintió.

“Sin embargo, has pronunciado la palabra acertada”, continuó Merlín. “Transformación. Pero es tu propio yo el que debe estar en constante transformación. No puedes traer al mundo a tu viejo yo y pretender ver un mundo enteramente nuevo

El mago nunca ve la misma cosa de la misma manera dos veces. Así, cuando observa en el bosque, no está absorto tanto en la vista del ciervo como en alguna nueva faceta de su ser: su suavidad, gracia, timidez o delicadeza. Cuando el ojo se renueva, cualquiera puede ver esas cualidades. estas se abren como los pétalos de una rosa. Es preciso tener paciencia, pero vale la pena esperar. La inocencia es la única flor que existe. Jamás se marchita y, por lo tanto, tampoco el mundo.

Para Vivir la Lección

Cuanto termine de leer la lección, dedique unos momentos a tratar de recuperar un toque de inocencia. Es más fácil de lo que imagina. Lo primero que debe saber es qué no debe hacer. No juzgue su estado actual. Es probable que esté cansado o deprimido, o que sienta la necesidad de desfogar gran cantidad de ira, temor o culpa. Olvide todo eso por un momento, porque la inocencia, como enseña Merlín, está más allá de la mente.

Sólo mire esta lista de palabras:

Pesado

Liviano

Negro

Blanco

Sol

Luna

Tomando cada una de esas palabras separadamente, experimente esas cualidades. No importa si usted es el tipo de persona que trae a la mente imágenes en lugar de sentimientos, o conceptos en lugar de objetos concretos. Todos los sistemas sirven. ¿Se dio cuenta de que a la mente le es imposible evitar tener alguna sensación de peso, liviandad, blanco, negro, etc.? De hecho, ni siquiera pudo leer las palabras sin generar p9r lo menos un leve sabor de cada cualidad.

Para que estas cualidades existan se necesita de su participación. Si usted participa de manera inocente, las cualidades se presentarán nuevas, renovadas. Así es como ve el pintor. Mira una cesta de frutas, un barco, una nube, pero en lugar de ser receptor pasivo de todas esas cosas, las crea a través de su visión. Las dota de su propio espíritu.

Y lo mismo hacemos todos, hasta en el acto más simple de ver una cosa ordinaria. Esta experiencia demuestra que la inocencia no se pierde, solamente se oculta. El secreto para ver con inocencia es mirar desde un nuevo punto de vista, uno que no esté condicionado por lo que se espera ver.

“Si realmente pudieras ver ese árbol que está allá”, dijo Merlín, “te caerías del asombro”. “¿En serio? Pero, ¿por qué?”, preguntó Arturo. “Es sólo un árbol”. “No”, dijo Merlín. “Es sólo un árbol en tu mente. Para otra mente es una expresión de espíritu y belleza infinitos. En la mente de Dios es un hijo querido, más dulce que cualquier cosa que puedas imaginar.

Mientras la mente pueda registrar el color, la luz, la densidad y la sensación del mundo, se estará percibiendo así misma. La palabra pesado o blanco, crea una sensación dentro de nosotros que le pertenece sólo a cada uno. No existen la pesadez ni la blancura “allá afuera” sin que las percibamos; no existen la vista, el oído, el tacto, el gusto o el olfato sino como una chispa pequeña de la consciencia. Enviemos una cámara a la Luna para tomar fotografías de todos los cráteres y valles, y traigámosla de regreso a la Tierra. Si no hay un ser humano que vea la fotografía, no hay imagen, solamente agentes químicos que han reaccionado a una disposición momentánea de los fotones. La película estará tan muerta como la Luna misma. Merlín diría que si no hay quien mire la imagen de la Luna , tampoco hay Luna.

Por lo tanto, es de vital importancia ver el mundo inocentemente, porque es la única forma como adquiere vida. El ojo imprime vida a todo lo que ve. Detrás de cada molécula de existencia deben estar la consciencia y la inteligencia; de lo contrarío, el universo sería un torbellino aleatorio de gases inertes y estrellas muertas, un vacío penando por recibir la semilla del nacimiento. Sin la inteligencia no hay vida, solamente actividad. Cada mirada que echamos por la ventana pone la semilla de la vida en la creación. Por esa razón Merlín tomaba tan en serio su tarea de observar los robles, los ciervos y las estrellas. No deseaba que murieran; amaba la vida.

Esta lección se resume diciendo: “Mira con inocencia y serás dador de vida”. Ése es el credo mágico al cual se atenía Merlín. A los mortales les era difícil comprender algo tan simple porque iba en contra de su prejuicio más hondo, a saber: “El mundo es primero y después soy yo”. Pero nosotros mismos no estaríamos vivos de no ser porque algún ser inocente nos vio primero. Ése fue el acto que plantó la semilla de todo el universo, y fue un acto de amor. Conoceremos nuevamente nuestra inocencia cuando veamos el amor que palpita en cada brizna de la creación.

LECCIÓN 3

El mago observa los ires y venires del mundo,

pero su alma habita en el ámbito de la luz.

El paisaje cambia, el observador permanece igual.

El cuerpo es sólo el sitio al que los recuerdos

llaman hogar

Merlín prefería evitar que lo vieran los mortales, pero en ocasiones se le podía ver una tarde de verano haciendo equilibrio en un pie, al borde de un campo. Los campesinos curiosos se le acercaban, pero Merlín permanecía como una estatua, sin emitir sonido alguno o reconocer su presencia.

En esas ocasiones, Arturo pensaba que su maestro parecía una garza vieja acechando a un pez en el pantano. Un día, después de que Merlín habla pasado horas contemplando el estanque, el niño no resistió la tentación de preguntarle qué era lo que miraba.

“No lo sé con exactitud”, contestó Merlín. “Vi una libélula y quise mirarla más de cerca. Se atravesó en mi camino como un sueño fugaz, pero al cabo de un momento olvidé si la libélula era mi sueño o si yo era el de ella”.

“¿No es obvia la respuesta?”, preguntó Arturo.

Merlín le propinó un golpecito en la cabeza y le dijo: “Tú crees que tus sueños existen aquí adentro. Pero como yo me encuentro en todas partes, ¿cómo puedo saber cuál parte de mí sueña a otra?”

Para Comprender la Lección.

Al mago que llevamos dentro también podríamos llamarlo testigo. El papel del testigo es no intervenir en el mundo cambiante, sino ver y comprender. El testigo no descansa — permanece despierto aun mientras soñamos o dormimos sin soñar. Por lo tanto, no necesita ver a través de nuestros ojos, lo cual parece bastante mágico. ¿No son acaso los ojos los órganos esenciales para ver?

La energía y la información son fundamentales para cualquier cosa que podamos ver, oír o tocar en el mundo relativo— cada átomo se puede descomponer en esos dos elementos. Sin embargo, en su estado primordial esos ingredientes no tienen forma. Un haz de energía puede alejarse en un remolino informe como una bocanada de humo; la información se puede descomponer en trozos aleatorios de datos. Se necesita otra fuerza para organizar el orden maravilloso de la vida: la inteligencia. La inteligencia es lo que aglutina al universo.

Para el mago, ésta no es una noción teórica porque puede ver con su propio ojo interior que él es esa inteligencia. Los mortales se desconciertan ante este concepto, puesto que no pertenece a la mente. Están acostumbrados a saber las cosas, pero no a la sabiduría misma. “El mortal más brillante”, dijo Merlín, “no es mejor que el más idiota tan pronto como ambos se duermen. Los dos tienen las mismas pesadillas y se preocupan por la muerte. El temor nace con ellos y no pueden disfrutar el más nimio de los placeres sin saber que al poco tiempo se desvanecerá”.

La sabiduría del mago permanece presente incluso durante el sueño. La inteligencia universal siempre despierta, consciente y que todo lo sabe, no es para el mago una fuerza creadora distante. Vive en cada átomo. Es el ojo detrás del ojo, el oído detrás del oído, la mente detrás de la mente.

Por lo tanto, el mago no necesita estar despierto con los ojos abiertos para ver. En el sentido más profundo, podemos ver mientras dormimos o soñamos, porque ver significa estar despiertos a la inteligencia universal. Cuando el testigo está totalmente presente, todo es comprensible.

El conocimiento del mago es sabiduría pura que no depende de los hechos externos. Es el agua de la vida tomada directamente de su fuente. Sin importar los cambios que ocurran en el universo, la sabiduría del mago no puede cambiar— el paisaje va y viene pero el observador es siempre el mismo. Antes de hallar al mago en nuestro interior, todos dependemos de los sentidos y de la mente para saber lo que sabemos. Nuestro conocimiento es aprendido. Está almacenado en la memoria y catalogado de acuerdo con las cosas que nos interesan; por consiguiente, es selectivo. El conocimiento del mago es innato.

En una ocasión, Arturo casi muere de susto cuando Merlín salió corriendo como si estuviera loco, blandiendo un enorme cuchillo de carnicero.

“¿Qué haces?”, preguntó el aterrorizado muchacho.

“Estoy pensando”, contestó Merlín. “¿Acaso tú no piensas así?”

“No”, dijo Arturo.

Merlín se detuvo y dijo: “Ah, entonces debo estar equivocado. Tenía la impresión de que la mayoría de los mortales utilizaban la mente como un cuchillo, para cortar y disecar. Quería saber cómo era. Si me permites decirlo, hay mucha violencia oculta en lo que ustedes los mortales llaman racionalidad”.

La mente del mago es como un lente que toma lo que ve y lo deja pasar sin distorsionarlo. La ventaja de ese tipo de consciencia es que unifica, mientras que la mente racional separa. La mente racional observa “en el exterior” un mundo de objetos en el tiempo y el espacio, mientras que el mago lo ve todo como parte de sí mismo. En lugar del “exterior” y el “interior”, existe una sola corriente unificada.

De ahí que Merlín dijera que no sabia si era él quien soñaba con la libélula o si la libélula era la que soñaba con él. Sólo hay diferencia en la separación, tal como la ve la mente. Para el ojo del mago, los dos son una misma cosa.

Para Vivir la Lección.

No es fácil explicar en qué consiste ser testigo. En el estado normal de vigilia, todos vemos objetos, pero el testigo ve luz. Se ve a si mimo como un foco de luz y al objeto como otro, pero todo dentro del contexto de un gran ámbito cambiante donde sólo hay luz.

La luz es una metáfora para hablar de los estados elevados del ser. Cuando una persona que ha tenido una experiencia cercana a la muerte dice: “Entré dentro de la luz”, quiere decir que experimentó un plano más sutil de si misma. La luz puede asumir la imagen del cielo o de otro mundo, pero para el mago nuestro mundo corriente también es sólo una imagen, proyectada igualmente desde la consciencia.

“Toda consciencia es luz”, decía Merlín, “y toda luz es consciencia”. Las fronteras que inventamos para dividir el cielo y la Tierra , la mente y la materia, lo real y lo irreal, son solamente mecanismos de conveniencia. Puesto que hemos inventado las fronteras, podemos hacerlas desaparecer con la misma facilidad.

Observe atentamente esta página. Para usted es un objeto. Es sólida en la medida en que está hecha de fibras de madera convertidas en papel, pero es abstracta en el sentido de que está hecha de ideas. ¿Es una página una cosa de papel, una cosa de ideas, o ambas cosas? Note con cuánta facilidad puede percibirla como las dos cosas, pero note también que no puede ver ambas cosas al mismo tiempo. En otras palabras, las distintas realidades pueden coexistir, pero cada una respeta su propio nivel de existencia. Una palabra no es otra cosa que puntos de tinta en un nivel, pero es la clave de una idea en otro.

Todos los estados de existencia, desde el más sutil e inmaterial hasta el más grosero y sólido, dependen del observador. Si quisiéramos, podríamos disolver la página sólida y convertirla en nada, de la siguiente manera: una hoja está hecha de papel, el papel está hecho de moléculas, las moléculas están compuestas de átomos, los átomos son haces de energía a nivel cuántico, y los haces de energía son espacio vacío en un 99.99999 por ciento. Puesto que la distancia entre un átomo y otro es bastante grande — proporcionalmente mayor que la distancia entre la Tierra y el Sol — podemos decir que esta página es sólida sólo si estamos dispuestos a decir que el espacio que nos separa del Sol es sólido.

Esta experiencia de convertir las cosas aparentemente sólidas en nada puede hacerse también al contrario. Comenzando con un espacio “vacío”, podemos añadir haces de energía, átomos, moléculas y así sucesivamente por la cadena de la creación hasta llegar al objeto que querramos, incluido nuestro propio cuerpo. La mano que da vuelta a esta página es una nube de energía y la única forma de sentirla o de que ella sienta la página es a través de un acto de consciencia. Otros haces de energía, como la luz ultravioleta que nos rodea, escapan totalmente a nuestra percepción. Por lo tanto, los ires y venires del mundo dependen enteramente del poder de la percepción. Fuimos creados como videntes a fin de que el mundo existiera como algo para ver. Sin los ojos, el mundo sería invisible.

Ahora podemos tomar esta noción y dar un paso más. Todo lo que existe sobre la Tierra se nutre con el Sol, el cual es una estrella. El alimento que consumimos se transformó a partir de la luz de una estrella y, al consumirlo, nosotros creamos un cuerpo proveniente de la misma fuente. En otras palabras, el hecho de comer un alimento no es otra cosa que el acto de una luz que consume luz. Esta luz, aunque adopta muchas formas, desde espirales gaseosas y quásares hasta un conejo que roe la hierba, es sólo una. No existe en un sitio, sino que está en todas partes. Sentimos que estamos en un sitio, pero eso es cierto solamente porque en este momento estamos dedicados al acto de suprema creación consistente en convertir el universo de luz en un solo foco denominado cuerpo y mente.

“Desearía hacer milagros”, suplicó Arturo un día.

“Este mundo existe gracias a ti”, replicó Merlín. “¿No te parece suficiente milagro?”

El mago lleva este razonamiento mágico hasta lo último. Si la vista hace visible al mundo, pregunta: ¿Qué o quién es el creador de la vista? ¿Quién vio al ojo antes de que éste pudiera ver? La respuesta es la consciencia. El vidente tras el ojo es simplemente la consciencia misma, la cual da vida a nuestros sentidos para que ellos puedan dar vida a todo lo que nos rodea, este no es un misterio metafísico. Dentro del útero de la madre, el embrión comienza la vida como un sola célula, sin órganos de los sentidos; después evoluciona en múltiples células que se agrupan en regiones especificas, que a su vez se concentran en diversas funciones; y finalmente, esas funciones emergen en forma de ojos, oídos, lengua, nariz y demás. Un ojo es muy distinto de un oído, pero la diferencia de sus formas es engañosa. Todos nuestros sentidos estaban contenidos en forma de información codificada, en esa primera célula fecundada.

La información no es más que consciencia hecha manifiesta en una forma almacenable — como este libro. Si no supiéramos lo que es un libro, diríamos que es simplemente una colección de signos de un código extraño, cuando en realidad es un canal para que una consciencia se comunique con otra.

Desde el punto de vista de Merlín, el mundo entero era para él una forma de hablar consigo mismo. “Si alguna vez olvidas algo”, le dijo a Arturo, “el bosque te lo recordará”.

“He olvidado muchas cosas que el bosque no me recordó”, protestó el niño.

“No es cierto”, replicó Merlín. “De lo único que puedes olvidarte es de ti mismo, y eso lo puedes encontrar bajo cada árbol”.

¿Por qué existe el mundo? Porque una vasta consciencia quiso escribir el código de la vida y desplegar sus hebras en la página del tiempo. De ahí que el mago no pueda saber dónde termina su cuerpo y dónde comienza el mundo. ¿Está usted soñando con este libro, o es el libro el que sueña con usted?

LECCIÓN 4

¿Quien soy yo? es la única pregunta que vale la pena

hacerse y la única que nunca se responde.

Nuestro destino es representar una infinidad

de papeles, pero esos papeles no somos nosotros mismos.

El espíritu no tiene lugar, pero deja tras de sí

una huella a la cual llamamos cuerpo.

Un mago no se considera a sí mismo un suceso local

que sueña un mundo más grande.

Un mago es un mundo que sueña sucesos locales.

Merlín desapareció del mundo de Arturo durante muchos años; sin embargo, un buen día reapareció y salió del bosque en dirección a Camelot. Dichoso de ver a su maestro, el rey Arturo ordenó un gran banquete en su honor, pero Merlín se mostró perplejo y miró a su antiguo pupilo como si nunca lo hubiera visto.

“Tal vez podría asistir, si eres la persona que creo que eres”, dijo Merlín. “Pero, dime la verdad, ¿quién eres?”. Arturo quedó desconcertado, pero antes de que pudiera protestar, Merlín se dirigió a la corte reunida y dijo en voz alta: “Le doy esta bolsa de polvo de oro al que pueda decirme quién es esta persona”. E inmediatamente apareció en su mano una bolsa repleta de oro en polvo. Aturdidos y mortificados, ninguno de los caballeros de la Mesa Redonda se adelantó. Entonces un joven paje se aventuró a decir: “Todos sabemos que él es el rey”. Merlín sacudió la cabeza y expulsó bruscamente al joven de la sala.

“¿Ninguno de ustedes sabe quién es él?”, repitió.

“Es Arturo”, gritó otra voz. “Hasta un idiota sabe eso”. Merlín identificó el sitio de donde venía la voz — del rincón donde estaba una anciana sirvienta — y también le ordenó que abandonara el recinto. Toda la corte zumbaba de confusión, pero el reto del mago no tardó en convertirse en juego.

Comenzaron a oírse varias respuestas: el hijo de Uther Pendragon, el gobernante de Camelot, el soberano de Inglaterra. Merlín no aceptó ninguna de ellas, como tampoco algunas más ingeniosas como hijo de Adán, flor de Albión, un hombre entre los hombres, y así sucesivamente. Finalmente le llegó el turno a la reina Guinevere. “Es mi amado esposo”, murmuró. Merlín solamente sacudió la cabeza. Uno por uno, todos abandonaron el gran salón hasta que quedaron solos el mago y el rey “Merlín, nos has puesto a todos en una situación embarazosa', admitió Arturo. “Pero estoy seguro de saber quién soy Por lo tanto, mi respuesta es ésta: Soy tu viejo amigo y discípulo”. Tras vacilar unos segundos, Merlín desechó también esta última respuesta, y al rey no le quedó otra alternativa que salir. Sin embargo, movido por la curiosidad, se dirigió hacia una puerta abierta desde donde podía ver el gran salón. Para su asombro, vio cómo Merlín iba hacia una ventana y lanzaba el oro al aire.

“¿Por qué hiciste eso?”, gritó sin poder reprimirse.

Merlín alzó la vista. “Tuve que hacerlo”, replicó. “El viento me dijo quién eres”.

“¿El viento? Pero si no dijo nada”.

“Precisamente”.

Para Comprender la Lección.

Los magos y los de su especie con frecuencia han preferido no tener nombre ni pertenecer a sitio alguno. No es de su agrado permanecer en un solo lugar, donde podrían llegar a acostumbrarse demasiado a los mortales. “Quien quiera que me llama por mi nombre es un extraño”, decía Merlín. “El hecho de que reconozcas mi rostro no significa que me conozcas”.

Los magos se consideran ciudadanos del cosmos. Por lo tanto, el sitio exacto donde se les pueda encontrar es irrelevante.

En la vida mortal, lo que nos limita en primero y último lugar son los nombres, los rótulos y las definiciones. Tener un nombre es útil — nos permite saber cuál es el certificado de nacimiento que nos pertenece — pero no tarda en convertirse en una limitación. El nombre es un rótulo. Define un lugar y una hora de nacimiento, en una determinada familia. Al cabo de unos años, el nombre define que vayamos a una determinada escuela, y que después sigamos una determinada profesión. Cuando llegamos a los treinta años, nuestra identidad está encerrada en un cajón de palabras. Las paredes del cajón podrían estar hechas de lo siguiente: “Abogado tributario católico, educado en x universidad, casado, padre de tres hijos y con una hipoteca”. Aunque es probable que esos hechos sean exactos, son engañosos. Atrapan a un espíritu incondicionado dentro de unas condiciones.

Muchas de esas limitaciones parecen pertenecernos a nosotros, cuando en realidad se refieren únicamente a nuestro cuerpo — y todos somos mucho más que un cuerpo. El mago tiene una relación peculiar con su cuerpo. Lo ve como un haz de consciencia que adopta una forma en el mundo, de la misma manera como las piedras, los árboles, las montañas, las palabras, los deseos y los sueños fluyen y adoptan una forma. El hecho de que un deseo o un sueño no tenga sustancia mientras que el cuerpo es sólido, no perturba al mago. Los magos no tienen el prejuicio común que nos lleva a pensar que ‘sólido” es sinónimo de “realidad”.

El mago no se ve a si mismo como un suceso local que sueña con un mundo más grande. El mago es un mundo que sueña con sucesos locales. No hay fronteras que lo limiten. Los mortales no podrían vivir sin fronteras. Sus cuerpos definen el lugar donde se encuentran — sin cuerpo no podrían ni siquiera saber cuál es su hogar, puesto que el hogar es el sitio a donde va el cuerpo para refugiarse y descansar.

Sin embargo, Merlín no se consideraba un ser sin hogar. Decía: “Este cuerpo es como un nido al cual llegan mis pensamientos, pero entran y salen tan rápidamente que bien Podría decirse que viven en el aire”. Suponemos que nuestros pensamientos van y vienen dentro de nuestra mente, pero, nuevamente, no podemos demostrarlo. ¿Quién ha visto un pensamiento antes de que aflore? ¿Quién sigue un pensamiento hasta el sitio a donde va después?

Merlín no comprendía por qué los mortales deseaban aferrarse a sus cuerpos. “Está bien decir que esta envoltura de carne y hueso soy ‘yo”', decía, “pero sólo si esa colina, esa pradera y ese castillo también son ‘yo”'. A los ojos de Merlín, el cuerpo mortal no era mejor que un perchero para colgar las creencias, los temores, los prejuicios y los sueños. Si se cuelgan demasiados abrigos en un perchero, éste desaparece de vista. Eso es lo que los mortales han hecho con sus cuerpos, decía Merlín. Es imposible ver la verdad del cuerpo humano — que es un río de consciencia que corre a través del tiempo —, debido al exceso de peso del pasado que se ha acumulado sobre él.

Para Vivir la Lección

Para experimentar esta lección, olvide su nombre durante un tiempo. Digamos que la pregunta ¿Quién soy yo? es real en este momento. Escapar del nombre y de la forma implica descubrir quiénes somos en realidad. La mayor parte del tiempo nos experimentamos a través de la limitación. Representar un papel es una limitación y, aun así, todo el mundo asume y descarta papeles todo el tiempo. Recuerde cuando usted era pequeño y su madre era lo más importante del mundo. Usted no imaginaba que ella tuviera otra vida aparte de ser su mamá; la identidad de ella estaba grabada en su mente. Sólo cuando usted creció, se dio cuenta de que ella representaba otros papeles como el de esposa, hermana, hija, profesional y demás. A la mayoría de los niños les es difícil aceptar el hecho de que su mamá tenga una vida propia, y que ésta no gire totalmente alrededor de la maternidad — ése es el egoísmo natural de todos los niños pequeños. Pero con el tiempo aprendemos a meternos en nuestros propios papeles, siguiendo el ejemplo de nuestros padres.

Asumir un gran número de papeles nos parece una forma de ampliar nuestra experiencia. Una mujer que se limita a ser madre podría sentirse abrumada por la vida. En nuestra sociedad, ser “completos” significa representar tantos papeles como sea posible. Pero el mago no ve la situación de esa manera. Para él, ser completo significa liberarse de todos los papeles. “Soy un espíritu libre reducido a la apariencia de este pequeño cuerpo”, diría Merlín. “Podemos tapar el Sol con un dedo, ¿pero acaso su luz no llena todo el cielo?”

Dejar de representar papeles no es fácil; sin embargo, para entrar en el mundo del mago es necesario prescindir de los papeles que jugamos. ¿Cuál es, entonces, la experiencia de estar totalmente liberados de los papeles? En realidad es bastante simple. Cuando despertamos en las mañanas, hay un instante antes de comenzar a pensar en las cosas del día, un momento para sentirnos despiertos sin ningún pensamiento en la mente. Somos apenas nosotros mismos, en un estado de consciencia simple. Esta experiencia de simplicidad se repite a intervalos durante el día, pero son pocas las personas que toman nota, porque estamos acostumbrados a identificarnos con el proceso de pensamiento, el cual también tiene lugar durante todo el día. Sin embargo, en realidad no somos lo que pensamos.

Quizás le resulte difícil creer esto, pero los pensamientos que pasan por su cabeza no son suyos — le pertenecen al nombre, a los papeles que usted representa. Si usted es una mujer que piensa en su hijo, en cómo le va en la escuela, en qué prepararle para la cena, etc., no es usted la que tiene esos pensamientos. Es la madre. Cuando en mi consulta pienso en los diagnósticos, las fórmulas y demás, es el médico el que está pensando. Los papeles de madre y médico son útiles, claro está, pero llega el momento en que terminan y entonces todos debemos confrontar el enigma de quién somos — enigma que jamás desciframos, independientemente de cuán bien hayamos representado nuestros papeles.

Sin embargo, si usted lo desea, puede trascender el nivel de los papeles en un segundo. Mientras lee, dirija su atención a quien está leyendo. O mientras escucha música, dirija su atención a quien está escuchando. O si ve un arco iris, trate de ver a quien lo está mirando. En todos los casos sentirá inmediatamente una consciencia alerta, despierta, desprendida, silenciosa y, no obstante, intensamente viva. ¿Qué es lo que usted ha hecho en realidad? Ha interrumpido el acto de la observación para vislumbrar al observador. Esta maniobra arroja una luz sobre la certeza absoluta de la existencia, porque más allá de la observación está el observador inmodificable. Este observador es el factor sin tiempo presente en todas las experiencias limitadas por el tiempo; este observador es usted.

La idea de existir fuera del tiempo puede ser atemorizante para quien se identifica fuertemente con el papel que representa. Es enorme el número de personas que se sienten devastadas cuando pierden el empleo, cuando los hijos crecen y se van, cuando fallece su cónyuge amado. Su sentido del yo' está tan ligado a los nombres, los rótulos y los papeles, que no han dedicado tiempo para averiguar quiénes son en realidad.

El hecho de ser totalmente humanos nos hace reales. Pero la realidad no se puede definir, sólo se puede experimentar. Manténgase alerta a esos breves momentos durante el día cuando experimenta su yo fundamental detrás de una respiración, un sentimiento, una sensación. Antes de saltar de la cama mañana, trate de capturar esa fugaz insinuación del ser puro y simple, antes de que la mente comience a conversar. Ese estado quieto, silencioso, sin nombre, es muy gratificante. No es afectado por el pensamiento, la conversación o la acción. Es el castillo cuyos muros inexpugnables protegen la bóveda donde se encuentra el verdadero tesoro de la vida.

 

 

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