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Ciencia oculta en la medicina

hoy en día. Fue odiado y perseguido por los medicastros y charlatanes de aquellos tiempos, los cuales hacían buenos negocios, lucrando con la ignorancia del público, así como algunos lo hacen en la actualidad; y los vilipendios y calumnias lanzados contra él por dichos medicastros y charlatanes, inspiran todavía las opiniones de muchos respecto de su persona, aunque podemos creer con seguridad que pocos de sus críticos han leído jamás sus libros, y que menos todavía los han comprendido. Se han escrito numerosas biografías acerca de él y de sus hábitos personales, y parece que la mayor parte de sus críticos han podido entender que cuando murió dejó á sus herederos un pantalón de cuero; pero en cuanto á su filosofía, esta es una terra incógnita en la cual no puede penetrar su entendimiento, porque el conocimiento de las ciencias secretas no es para los que no saben nada acerca de los principios fundamentales de la constitución del hombre.

No es del caso el que Paracelso haya obtenido sus conocimientos de Oriente, según se ha pretendido, ó que le fue revelado por su propia percepción de la verdad; pero no cabe duda que conocía aquella clasificación septenaria, pues hallamos que menciona los siete aspectos siguientes del hombre:

1. El Corpus, ó cuerpo elemental del hombre. (Limbus).

2. La Mumia, ó cuerpo etéreo; el vehículo de la vida. (Evstrum).

3. El Archaeus. La esencia de la vida. Spiritus Mundi en la Naturaleza y Spiritus Vitae en el hombre.

4. El Cuerpo Sidéreo; se compone de las influencias de las “estrellas”.

5. Adech. El hombre interno ó cuerpo mental, hecho de la carne de Adán.

6. Aluech. El cuerpo espiritual, hecho de la carne de Cristo; llamado también “el hombre del nuevo Olimpo”.

7. Spiritus. El espíritu universal.

Hay apenas una página en los escritos filosóficos de Paracelso que no contenga alguna referencia á la naturaleza doble del hombre, su aspecto terrestre y su aspecto celestial, y á la necesidad de desarrollar su naturaleza más elevada y su entendimiento superior (Espiritual)

“Ante todo, debemos notar que hay dos aspectos del espíritu en el hombre. (El uno originándose en la naturaleza y el otro procediendo del cielo). El hombre debería ser un ser humano conforme al espíritu de vida (divina) y no conforme al espíritu (terrestre) del Limbo. Es una verdad que el hombre (celestial) es la imagen de Dios por tener en sí un espíritu divino (vida divina). En todos los otros respectos, es un animal, teniendo como tiene un espíritu animal. Estos están opuestos el uno al otro, pero uno de los dos tiene que sucumbir. El hombre está destinado á ser un ser humano y no un animal, y como ser humano, tiene que vivir el espíritu de vida (inmortal) y deshacerse del espíritu animal”. (“Philosophía Occulta”, Lib. I., Prólogo).

Los misterios del templo interior de la naturaleza no son accesibles para el vulgo y los profanos, porque todo ser puede darse cuenta tan sólo de lo que corresponde á su propia naturaleza. Para penetrar en el dominio de la verdad se requiere un alma verdadera; un animal no puede darse cuenta, sino del lado animal de la existencia.

No hace mucho dijo una autoridad médica bien conocida:

“Paracelso, quien declaró inútil la ‘anatomía del cuerpo muerto[3], y buscó la base de la vida (inmortalidad) como la meta más elevada del conocimiento, exigía la “contemplación” (espiritual) ante todo; y así como él llegó de esta manera á la construcción metafísica del Archaeus, así también inspiró sus secuaces un misticismo extravagante y absolutamente inútil”[4].

Pero este desarrollo del misticismo, Paracelso no es responsable, sino que se ha de atribuir á la ineptitud de sus secuaces, cuya mente animal no podía ser iluminada por el espíritu de la verdad. Siempre que la mente terrena procura comprender al espíritu de sabiduría, y, por no ser capaz de elevarse á la percepción de la verdad divina, se esfuerza en arrastrarla hasta su propio nivel, resulta un misticismo necio y absolutamente infructuoso. Con la misma razón se podría decir que las doctrinas de Cristo llenaron el mundo de superstición, causando los crímenes de las cruzadas, los horrores de la inquisición, y la intolerancia sectaria. De esas anomalías no tiene la culpa la Verdad, si no quien no la entiende.

La gran mayoría de la humanidad busca la Verdad con el objeto de alcanzar con ella algún beneficio personal: sea la adquisición de la riqueza ó el lujo, la satisfacción de la ambición, el deseo de hacer gala ante el mundo con la posesión de algo grande, sea el propósito de satisfacer una curiosidad científica laudable. Pero la adquisición de la sabiduría médica requiere un amor á la verdad, y el amor quiere decir sacrificio de sí mismo. Por lo tanto, no es posible adquirir la sabiduría si no se sacrifica por ella al yo ilusorio con todos sus deseos. Se puede enseñar el camino que conduce a la sabiduría, pero la sabiduría no puede enseñarse por ella misma; aquel que se deleita en el dominio de las ilusiones, no puede ver su luz verdadera. ¿Cuántos entre los supuestos imitadores de Jesús de Nazareth se han convertido en Cristos, y pueden comprender la profundidad de sus pensamientos y ejercer sus poderes divinos, sino aquél que se ha vuelto semejante a él? Ninguno de los secuaces supuestos de Paracelso han llegado á ser como este maestro; ninguno de los representantes de la ciencia médica moderna ha penetrado profundamente en su sabiduría.

La ciencia médica popular, basándose en la observación objetiva de los fenómenos, sabe más acerca del reino de la naturaleza visible (Maya) de lo que se sabía en el tiempo de Paracelso; pero la razón porque esta ciencia médica popular, á pesar de los auxilios que recibe de la química y de la fisiología, no puede todavía efectuar las curaciones que hizo Paracelso, es que sus secuaces solamente especulan y sacan inferencias, en vez de cultivar aquel poder espiritual del conocimiento del alma que se llama “contemplación interior”[5] pero que Paracelso llama Fe, facultad que en le presente es tan desconocida, que es sumamente difícil explicar siquiera el significado de este término. Es un poder que no pertenece ni á la naturaleza física, ni á la animal, ni á la intelectual del hombre, sino al hombre espiritual (Atma –Buddhi –Manas); á aquella parte superior de su ser, la cual en la mayor parte de los hombres, por intelectuales que sean, no ha despertado aún á la vida, sino que se halla todavía latente, sepultada en la tumba de la materialidad en la cual no puede penetrar la luz de la Verdad divina.

“¡Qué sois en vuestros poderes propios, oh hombres, sino nada? Si deseáis conseguir fuerza, tomadla de la fe. Si tuviereis fe tanto como un grano de mostaza, seríais tan fuertes como los espíritus, y aunque aparecieseis ahora como hombres, vuestra fe haría vuestra fuerza y poder igual á los espíritus, como los que estaban en Sansón: pues por medio de nuestra fe nos convertimos nosotros mismos en espíritus, y todo lo que efectuamos y exceda á nuestra naturaleza (terrestre), se hace por el poder de la fe que obra por medio de nosotros como espíritu y nos transforma en espíritus” (“De Origin, Norb.Invisib.”Introducción).

El hombre, aun cuando logra tener un vislumbre de la Verdad divina, está muy propenso á olvidarla casi inmediatamente, por ser más fuerte en él la acción de su mente terrena que la de su espíritu; y por tanto, parece necesario que se le recuerde repetidas veces que la fe de que habla Paracelso no es la fe ilusoria del cerebro, el producto de la especulación, sino un poder que pertenece á aquellos pocos espíritus vivientes que moran en este mundo aletargado. Así como los poderes físicos pertenecen al hombre terrestre y físico, así también los poderes espirituales pertenecen al hombre espiritual, el cual tiene que nacer antes de que pueda conocer y ejercer estos poderes. Hasta ahora parece que, aun entre nuestros hombres científicos eminentes y afortunados médicos, hay muy pocos que han sido regenerados en el espíritu de la verdad é iluminados con la luz de la sabiduría divina, y si los hay, aconsejaríamos á todos los estudiantes de medicina siguiesen su ejemplo y, con aprender el gran arte del imperio de sí mismo, dominasen su propia naturaleza y la de los demás. La humanidad es tan sólo una, y el sentir esta verdad en toda su fuerza abrirá un campo nuevo para la ciencia médica del porvenir. Aquella parte de nosotros que vive en el corazón de los demás, es nuestro más verdadero y “más profundo Yo”[6]. Si este Yo que vive en el corazón de los demás, ha despertado á su propia conciencia, se dará cuenta de su existencia universal y de su poder para obrar en aquellos en quienes vive. Entonces el médico, habiéndose vuelto autoconsciente de su naturaleza superior, vendrá á ser un salvador para todos los demás hombres, no sólo respecto de sus males morales, sino también respecto de sus males físicos; pues el espíritu, alma y cuerpo del hombre, no existen separadamente; son un todo orgánico, como lo es la totalidad de la humanidad, aunque las personalidades que constituyen este cuerpo, están separadas las unas de las otras por la ilusión de la forma.

[1] Entiéndase claramente que el emplear el término “religioso”, no hacemos referencia á ninguno de los sistemas actuales de doctrinas religiosas ó formas de culto, sino al reconocimiento espiritual de la verdad divina.

[2] Aun pocos de sus discípulos contemporáneos eran capaces de comprender sus ideas y llevar la vida necesaria para tal objeto. Dice él: “Veinte y uno de mis servidores han venido á ser víctimas del verdugo (el espíritu de este mundo). ¡Dios los socorra! Solo unos cuantos se han quedado conmigo hasta ahora” (Defesio).

[3] Esto no es correcto. Dice Paracelso: “La anatomía del hombre es doble. Bajo un aspecto, consiste en disecar el cuerpo á fin de descubrir la posición de los huesos, músculos, venas, etc.; pero esto es lo que menos interesa: el otro aspecto es más importante y consiste en introducir una vida nueva al organismo, ver las transmutaciones que se efectúan en él, saber lo que es la sangre y qué especie de ?, y (Azufre, Sal y Mercurio) contiene. (“Paramirum”, Lib. I, Cap.6)

[4] Conferencia sobre Patología por el Profesor Rudolf Virchow, Londres, Marzo 6 de 1893.

[5] La palabra “conteplación” –de con y templum- significa evidentemente no la mera observación objetiva, sino el residir en el mismo sitio ó estado con la verdad que se ha de conocer, la identificación del sujeto y objeto de la luz de la sabiduría divina, el templo de la Verdad. La consecución del conocimiento por semejante contemplación es posible únicamente para aquellos cuya percepción espiritual está abierta. Un ciego puede morar por siempre jamás en el templo de la Verdad sin ser capaz de conocerla. Para aquellos que por el desarrollo de su espiritualidad, han alcanzado este poder de contemplación, es evidente que dicho poder basta para conseguir el conocimiento espiritual. Los que no tienen este poder, hallan dificultad para comprender el significado de este término, y suponen que quiere decir imaginación.

LAS CUATRO BASES FUNDAMENTALES DE LA MEDICINA

Las bases en que descansa el ejercicio de la profesión médica moderna son:

1ra. Un conocimiento del cuerpo físico del hombre, la disposición de sus órganos (anatomía), las funciones fisiológicas de los mismos (fisiología) y los cambios visibles que se efectúan en ellos cuando se manifiesta una enfermedad (patología).

2da. Algunos conocimientos en los ramos de la ciencia física, química, botánica, mineralogía, etc., en fin, en todo lo que se refiere á las relaciones exteriores que las cosas tienen las unas con las otras y con el cuerpo del hombre (terapéutica).

3ra. Cierto grado de conocimiento respecto de las opiniones y conceptos de las autoridades médicas aceptadas en la actualidad, por erróneas que sean.

4ta. Cierto grado de juicio y aptitud para poner en práctica las teorías adquiridas.

Todo esto es relativamente correcto hasta cierto punto; pero puede verse desde luego que todo el conocimiento que se requiere de un médico moderno, se refiere tan sólo al plano externo de la existencia; el cuerpo animal del hombre y su medio ambiente. Es por completo erróneo dar el nombre de “psicología” á lo que suele llamarse así actualmente, porque no puede haber ninguna ciencia del alma en tanto que no se reconoce la existencia del alma (payche)[7]. El cuerpo causal ó espiritual, invisible dentro de la naturaleza del hombre, es enteramente desatendido de la ciencia, y si algún médico moderno cree personalmente en la existencia del alma, suelen considerar este asunto como del dominio exclusivo de la Iglesia, y como algo con lo cual no tiene que ver la ciencia.

Sin embargo, si el término “religión” quiere decir el conocimiento de la relación que el hombre terrestre exterior tiene con el poder creativo en él, su Yo interno, el cual es el asiento no sólo de su vida espiritual, sino también el origen indirecto de su vida física, parece que el conocimiento de esa religión que enseña la naturaleza de este verdadero ser interno é inmortal y también los eslabones que unen esa naturaleza superior con la forma física, sería una parte indispensable é importantísima de una verdadera ciencia y sistema de medicina basado en el reconocimiento de la verdad; y aunque la teoría precede á la práctica, este conocimiento no debería ser meramente de aquella especie teórica que es imaginaria y no real, y que, en las personas que procuran comprender cosas de que no pueden darse cuenta, produce un misticismo extravagante y por completo infructuoso, sino que debería ser de aquella especie que, por medio de la experiencia, constituye el conocimiento propio, y que es posible sólo alcanzando los ideales á que se aspira.

Según Teofrasto Paracelso, las cuatro columnas de la medicina son las que se describe:

1- Filosofía

El término “filosofía” se deriva de phileo, amar, y sophía, sabiduría, y su verdadera significación es el amor á la sabiduría y el conocimiento que de él resulta; pues el amor mismo es conciencia; es el reconocimiento del yo en otra forma. El amor á la sabiduría es en el hombre el reconocimiento del mismo principio de sabiduría que se manifiesta en la naturaleza, y de este reconocimiento procede la consecución de conocimiento de la verdad. La verdadera filosofía no es por tanto lo que se conoce actualmente por este nombre, ni se compone de especulaciones extravagantes acerca de los misterios de la Naturaleza con el objeto de satisfacer la curiosidad científica. Es este, un sistema en que hay mucho amor propio, pero muy poco amor á la verdad; sus partidarios, por medio de la lógica y argumento, inferencias, teorías, postulados, hipótesis, inducciones y deducciones, procuran, por decirlo así, introducirse clandestinamente en el templo de la verdad forzando las ventanas ó mirar por el agujero de la cerradura á fin de ver á la diosa desnuda. Esta filosofía especulativa constituye aquel edificio artificial de filosofía y supuesta ciencia fundado sobre argumentos y opiniones que cambian de aspecto en cada siglo y de las cuales dijo Paracelso que “lo que una generación considera como la cumbre del saber, es á menudo considerado como absurdo por la generación siguiente, y lo que en un siglo pasa por superstición, puede formar la base de la ciencia en el siglo siguiente”. Todo saber alcanzado por medios que no se basan en el amor á la verdad, no constituye el conocimiento inmortal ó verdadera teosofía, sino que sirve tan sólo para propósitos temporales y como adornos para el egoísmo, procediendo como lo hace del amor á la ilusión del yo y no teniendo más que ilusiones por objeto.

Toda la naturaleza es una manifestación de la verdad, pero se requiere el ojo de la sabiduría para ver la verdad y no meramente su apariencia engañosa. La filosofía de que habla Paracelso consiste en el poder de reconocer la verdad independientemente de cualesquiera libros ó autoridades, todo los cuales puede tan sólo enseñarnos la manera de evitar los errores y remover los obstáculos en nuestro camino, pero que no pueden hacernos realizar lo que no realizamos en nosotros mismos.

El que no es víctima de conceptos falsos y enseñanzas erróneas, no necesita otro libro que el libro de la naturaleza para aprender la verdad. Hay pocos que pueden leer el libro de la naturaleza á la luz de la misma, porque habiéndoseles llenado la mente de imágenes pervertidas y conceptos equivocados, se han vuelto antinaturales, y la luz de la verdad no puede penetrar en su alma; viviendo en la luz engañosa de la especulación y de la sofistería, han perdido toda receptividad para la luz de la verdad. Tales filósofos viven en ilusiones y sueños y no conocen lo que es real.

“En esta tierra, no hay nada más noble ni más capaz de dar perfecta felicidad que un verdadero conocimiento de la naturaleza y de su fundamento. Semejante conocimiento constituye al médico verdaderamente útil, pero debe ser parte de su constitución y no un producto artificial que se pone á manera de vestidura; él mismo debe haber nacido de la fuente de aquella filosofía que no se puede adquirir por medios artificiales”.(Véase “De Generatione Hominum”, I. Prefacio).

El conocimiento basado en la opinión ó experiencia de otros no es más que una creencia y no constituye el verdadero conocimiento. Los libros y las conferencias pueden servir para darnos consejos, pero no pueden conferirnos el poder de conocer la verdad; puede servirnos como guías útiles, pero la creencia en las declaraciones de los demás no debería tomarse equivocadamente por conocimiento propio, el que procede únicamente del reconocimiento de la verdad misma, y el cual por medio del amor á la verdad debería cultivarse ante todas las cosas.

A este dominio de la Filosofía pertenecen todas las ciencias naturales que se refieren á los fenómenos externos, en cuyo conocimiento parece que se han hecho grandes progresos desde el tiempo de Paracelso. A esta ciencia de fenómenos pertenecen la anatomía, fisiología y química del físico y todo lo que concierne á las relaciones recíprocas de los fenómenos que existen en la gran fantasmagoría de imágenes vivientes y corporales llamada el mundo interior suprasensual, desatendido por la ciencia popular, del cual aquél es la expresión externa; los procesos que se efectúan en esta luz interior de la naturaleza, se reflejan en la luz del mundo exterior, y aquellas almas cuyas percepciones interiores se han desarrollado á consecuencia del despertamiento del “hombre interno”, no necesitan la observación de los fenómenos externos para sacar inferencias en cuanto á sus causas internas porque conocen las causas y procesos interiores y también las apariencias externas que producen. Por consiguiente, hay una ciencia médica externa y una interna; una ciencia respecto al cuerpo astral del hombre y una ciencia respecto de su cuerpo físico. Aquélla se ocupa con el enfermo; ésta, por decirlo así, con los vestidos que lleva.

Para hacer este punto más claro, lo ilustraremos con un ejemplo. Imaginemos una linterna mágica capaz de proyectar sobre una pantalla viva imágenes corpóreas y vivientes. La ciencia externa se ocupa solamente con estas imágenes, las relaciones que tienen unas con otras y los cambios que entre ellas se efectúan; pero no saben nada tocante á las láminas en la linterna, las cuales llevan los tipos de estas imágenes visibles, y no saben absolutamente nada acerca de la luz que causa su proyección sobre la pantalla; pero el que ve las láminas con sus pinturas y conoce el origen de la luz que da origen á estas sombras, no necesita estudiar dichas sombras con el objeto de sacar inferencias y de especular sobre sus causas. Así es que hay una ciencia superficial que es ahora el objeto del orgullo del mundo, y una ciencia secreta de la cual no se sabe casi nada públicamente, pero que el sabio conoce siéndole revelada por su propia percepción de la verdad[8].

Es preciso percibir las verdades antes de poder comprenderlas intelectualmente, y, por tanto, esta ciencia mayor y superior no puede aprenderse en los libros, ni enseñarse en los colegios; es el resultado de un desarrollo de la percepción más elevada del hombre, la cual pertenece á su naturaleza superior y caracteriza al médico de nacimiento. Sin esta facultad superior, conocida en su grado inicial como el poder de “intuición”, el médico no puede hallar ocupación, sino en el patio exterior del templo, recogiendo granos útiles en los escombros; mas no puede entrar en el templo en le cual la naturaleza misma enseña sus misterios divinos. Los detalles minuciosos de estos escombros han sido estudiados por la ciencia moderna popular, cuya atención ha sido de tal manera absorbida en ello que el mismo templo de la verdad se ha olvidado y la naturaleza de la vida ha venido á ser un misterio para los que estudian únicamente sus manifestaciones exteriores.

Es casi ocioso decir que lo que precede, no tiene por objeto el desaprobar el estudio de los fenómenos, porque los que no tienen el poder de alcanzar más, no ganarán nada con quedarse ignorantes acerca de sus apariencias externas; pero el objeto que nos proponemos, es mostrar que una ciencia que trata tan sólo de los fenómenos de la vida terrestre y resultados últimos, no es la cumbre de todo el conocimiento posible, pues más allá del dominio de los fenómenos visibles hay un dominio mucho más extenso abierto á todos los que son capaces de entrar; el dominio de la verdad, del cual sólo las imágenes invertidas se ven en el dominio de los fenómenos externos.

La ciencia natural de los místicos antiguos, debido á su más profunda penetración en el llamado dominio suprasensual, no se limitaba al mundo que vemos con nuestros ojos físicos, pues reconocían cuatro mundos ó planos de existencia compenetrándose los unos en los otros, teniendo cada uno de ellos sus propias formas de vida y habitantes, á saber:

(a) El mundo físico visible, el cual es tan sólo reflejo de los tres mundos superiores.

(b) El mundo astral, ó dominio psíquico.

(c) El mundo mental, ó dominio espiritual.

(d) El estado divino, el reino de Dios ó mundo celestial.

Así como nosotros percibimos la existencia de un reino mineral, vegetal y animal en el plano sensual[9], así ellos, por la facultad de la vista interior desarrollada, percibieron y describieron en este mundo cuatro reinos, ó sea cuatro estados de existencia espirituales, invisibles para nosotros, los cuales en su manifestación exterior se llaman: Tierra, Agua, Fuego, Aire.

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