LAS PERLAS DEL PEREGRINO

La fe es decir sí a Dios. Cuando el hombre dice sí a Dios, Dios dice sí al hombre.

La fe como tal no resulta de nuestro pensamiento, es antes que éste; es incluso antes que nosotros. En la fe estamos fuera del tiempo.

El arquetipo divino de la fe es el «sí» que Dios se dice a Sí mismo; es el Logos que por una parte refleja la Infinidad divina y por otra la refracta.

Si la fe es un misterio, es que su naturaleza es inexpresable en la medida en que es profunda, pues no es posible dar cuenta totalmente con palabras de esta visión que todavía es ciega y de esta ceguera que ya ve.

El incrédulo, en la tierra, no cree más que lo que ve; el creyente, en el Cielo, ve todo lo que cree.

La fe sin verdad es herejía; el saber sin fe es hipocresía. La obra sin virtud es orgullo y la virtud sin obra es vanidad.

La virtud es un rayo de la Belleza divina, en la que participamos por nuestra naturaleza o por nuestra voluntad, fácilmente o difícilmente, pero siempre por la gracia de Dios.

No hay acceso al Corazón sin las virtudes.

La virtud es la conformidad del alma al Modelo divino y a la obra espiritual; conformidad o participación. La esencia de las virtudes es el vacío ante Dios, el cual permite a las Cualidades divinas entrar en el corazón e irradiar en el alma. La virtud es la exteriorización del corazón puro.

La virtud es dejar paso libre, en el alma, a la Belleza de Dios.

Esforzarse hacia la perfección: no porque queremos ser perfectos para nuestra gloria, sino porque la perfección es bella y la imperfección es fea; o porque la virtud es evidente, es decir, conforme a lo Real.

La virtud separada de Dios se convierte en orgullo, como la belleza separada de Dios se convierte en ídolo; y la virtud vinculada a Dios se convierte en santidad, como la belleza vinculada a Dios se convierte en sacramento.

Toda virtud es una participación en la belleza del Uno y una respuesta a su amor.

En el fondo de todos los vicios se encuentra el orgullo; la virtud es esencialmente la conciencia de la naturaleza de las cosas, que pone al ego en su justo lugar.

Cuando Dios está ausente, el orgullo llena el vacío.

Yo soy yo mismo, y no otro; y yo estoy aquí, tal como soy; y esto sucede ahora, forzosamente. ¿Qué debo hacer? Lo primero que se impone, y lo único que se impone de manera absoluta, es mi relación con Dios. Me acuerdo de Dios, y en este recuerdo y por el todo está bien, porque es el de Dios. Todo lo demás está en sus manos.

Hay que evitar el individualismo larvado, el deseo demasiado individual de ser perfecto y la decepción demasiado individual de no serlo. Hay que aspirar a Dios de una manera impersonal.

La realización espiritual es teóricamente la cosa más fácil y prácticamente la más difícil de todas. La más fácil: porque basta con pensar en Dios; la más difícil: porque la naturaleza humana es el olvido de Dios.

Por una parte, hay que resignarse a ser lo que uno es, y, por otra, hay que hacerse un lugar de la Presencia divina. Todo yo puede en principio ser un vehículo del Sí, y liberarse, así, en una medida suficiente, de la contingencia.

Por una parte, hay que resignarse a encontrarse donde uno se encuentra, y, por otra, hay que hacer de este lugar un centro para el recuerdo de Dios; pues allí donde Dios es evocado, allí donde se manifiesta, allí está el centro.

Por una parte, hay que resignarse a vivir en el momento en que uno vive, y, por otra, hay que hacer de este momento un presente eterno, lo que llega a ser todo presente por el recuerdo de Dios; pues cuando Dios es evocado, cuando se manifiesta, estamos en la eternidad.

Hay que conocer el continente y no dispersarse en los contenidos. El continente es en primer lugar el milagro permanente de la existencia; es, a continuación, el de la consciencia o de la inteligencia, y después el del gozo que, como un poder expansivo y creador, llena, por decirlo así, los «espacios» existencial e intelectual.

Ser inteligente es saber distinguir entre lo esencial y lo secundario; pero es también presentir las esencias o los arquetipos en los fenómenos. O sea que la inteligencia puede ser, o bien discriminativa, o bien contemplativa, a menos que el discernimiento y la contemplación estén en equilibrio.

El discernimiento se refiere más bien a lo Absoluto, y la contemplación a lo Infinito; podríamos decir también que la voluntad, la realización, se refiere más bien a la absolutidad del Bien Supremo, mientras que el sentimiento, el amor, se refiere más bien a su infinitud.

El misterio de la certeza es que, por una parte, la verdad está inscrita en la substancia misma de nuestro espíritu —puesto que estamos hechos a imagen de Dios— y que, por otra parte, somos lo que podemos conocer; ahora bien, podemos conocer todo lo que es, y Lo único que es.

El fundamento de la ascensión espiritual es que Dios es puro Espíritu y que el hombre se le asemeja fundamentalmente por la inteligencia; el hombre va hacia Dios mediante lo que, en él, es más conforme a Dios, a saber, el intelecto, que es a la vez penetración y contemplación y cuyo contenido (sobrenaturalmente natural) es lo Absoluto, que ilumina y libera.

En el fondo, no hay más que tres milagros: la existencia, la vida, la inteligencia; con ésta, la curva surgida de Dios se cierra sobre sí misma, como un anillo que en realidad nunca ha salido del Infinito.

La inteligencia, en cuanto nos pertenece, no se basta a sí misma, necesita la nobleza del alma, la piedad y la virtud para poder superar su particularidad humana y alcanzar la inteligencia en sí.

La inteligencia del animal es parcial, la del hombre es total; y esta totalidad sólo se explica por una realidad trascendente a la que la inteligencia está proporcionada.

La objetividad, por la que la inteligencia humana se distingue de la inteligencia animal, estaría desprovista de razón suficiente sin la capacidad de concebir lo absoluto o lo infinito, o sin el sentido de la perfección.

La objetividad es la esencia de la inteligencia, pero la inteligencia está muy lejos de ser siempre conforme a su esencia.

La inteligencia sólo es bella cuando no destruye la fe, y la fe sólo es bella cuando no se opone a la inteligencia.

El hecho de que el realismo espiritual, o la fe, proceda de la inteligencia del corazón y no de la mental permite comprender que en espiritualidad la calificación moral sea más importante que la calificación intelectual, y con mucho.

La substancia de las cualidades morales es la devoción: la actitud integral del hombre frente a Dios, hecha de temor reverencial y de amor confiado.

No se puede amar a Dios sin temerlo, como tampoco se puede amar al prójimo sin respetarlo; no temer a Dios es impedirle ser misericordioso.

Sin temor de Dios en la base, nada es posible espiritualmente, pues la ausencia de temor es una falta de conocimiento de sí.

Temer a Dios es, primeramente, ver, en el plano de la acción, las consecuencias en las causas, la sanción en el pecado, el sufrimiento en el error; amar a Dios es, en primer lugar, escoger a Dios, es decir: preferir lo que acerca a Él a lo que aleja de Él.

Se dice de buen grado que Dios, o la Esencia divina, es absolutamente indefinible o inefable; si se nos preguntara, sin embargo, qué atributo da cuenta de la Esencia divina, diríamos que es «lo Santo», pues la santidad no limita en modo alguno e incluye todo lo que es divino; además, esta noción de santidad transmite el perfume de lo Divino en sí, luego el de lo Inexpresable.

El hombre puede conocer, querer, amar. Conocemos a Dios distinguiéndolo de lo que no es Él y reconociéndolo en lo que testimonia de Él; queremos a Dios realizando lo que conduce a Él y absteniéndonos de lo que aleja de Él; y amamos a Dios amando conocerlo y realizarlo y amando lo que testimonia de Él, a nuestro alrededor y en nosotros mismos.

Siendo Dios todo lo que es, debemos conocerlo, o amarlo, con todo lo que somos; la cualidad del Objeto llama a la del sujeto. «Conocer» a Dios es tener de Él una consciencia lo más perfecta posible; «amar» a Dios es tender hacia Él de la manera más perfecta posible.

El don de sí para Dios es siempre un don de sí para todos; darse a Dios, aunque sea sin saberlo los demás, es darse a los hombres, pues en este don de sí hay un valor sacrificial cuya irradiación es incalculable.

La consciencia del Ser, o de la divina Substancia, nos libera de la estrechez, de la agitación, del estrépito y de la mezquindad; es dilatación, calma, silencio y grandeza. Todo hombre ama en su fuero interno el puro Ser, la inviolable Substancia, pero este amor está oculto bajo una capa de hielo. Todo amor es en el fondo una tendencia del accidente hacia la Substancia y, por ello mismo, un deseo de extinción.

Extinguirse en la Voluntad de Dios es al mismo tiempo estar disponible para la divina Presencia.

No se puede amar al hombre, como debe ser amado, más que en función de la verdad y en Dios.

La verdad es la razón de ser del hombre; ella constituye nuestra grandeza, y nos muestra nuestra pequeñez.

No hay grandeza real fuera de la verdad.

Si queremos que la verdad viva en nosotros, debemos vivir en ella.

 

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